perro Archivos - Página 2 de 2 - Mi Shar Pei

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Petra y Barney separados por una línea imaginaria
Tal y como habíamos planeado, este domingo mi marido, Barney y yo subimos al coche rumbo al campo. Petra, de quien os hablaba en el post anterior, nos esperaba en el monte junto al resto de mi familia. Trotta, la Bichón de mi tía, no nos pudo acompañar ya que estaba un poco malita.


Unas amigas que hicimos durante
nuestro paseo silvestre

En cuanto llegamos al campo, Barney echó a galopar como un potro desbocado. Estaba entusiasmado ante tanto espacio donde correr libremente, tantos olores nuevos y tantos palos. En cuanto deparó en la presencia de Petra, se apresuró a invitarla a jugar con él pero ésta resultó no estar muy por la labor. La Pastor Belga de mi madre, optó por mantener las distancias durante toda la jornada y no dudó en enseñarle los dientes a Barney cuando consideró que éste se acercaba demasiado a ella. Me dio un poco de pena que las cosas no fluyeran entre ellos pero ¿Qué le vamos a hacer? Cuando no hay feeling, no hay feeling…

Lo cierto es que cada vez hay más perros que le gruñen a mi pequeño. Cuando era más cachorro todos los canes del parque le aceptaban pero según ha ido creciendo, muchos de ellos han cambiado su actitud hacia él por un trato mucho más dominante. Cuando le gruñen, el pobre no se suele dar por aludido e insiste en compartir juegos por lo que en más de una ocasión mi cachorro ha vuelto a casa con un buen bocado en la cara.

Este cambio de actitud hacia mi Shar Pei me tenía bastante desconcertada. No comprendía por qué, casi de la noche a la mañana, Barney había dejado de ser el mejor Relaciones Públicas del parque. Mi cachorro es muy sumiso y jamás ha gruñido a ningún perro, ni siquiera para defenderse, por lo que me resultaba muy extraño que otros perros rivalizaran con él. Para salir de dudas, le comenté el caso a Antonio, un buen amigo especialista en etología canina.

 

Antonio me hizo entender enseguida que este cambio de actitud hacia Barney no era casual. Por lo visto, es muy frecuente que los Shar Peis se lleven algún que otro mordisco sin motivo aparente. Sin embargo, sí que hay una razón para ello y si por algo destaca, es precisamente por aparente. Mi amigo me explicó que el aspecto de esta raza confunde a otros perros. Su arrugada cara les resta expresividad y sus congéneres, incapaces de interpretar sus verdaderas intenciones, suelen percibir que están enfurecidos. Además, el rabo erguido es entendido por la mayoría de los perros como un signo de agresividad y dominancia. Por si esto fuera poco, el olor del Shar Pei también es muy distinto al del resto de razas caninas y tiende a confundir a otros canes. Teóricamente, todas estas particularidades del Shar Pei, forman parte de un mecanismo de defensa para disuadir al adversario, pero en la práctica puede incitar a perros más dominantes a atacar a nuestros pachones perritos.

De pequeñines, su extraña apariencia no suele provocarles problemas ya que la Naturaleza los protege desprendiendo oxitocina, una hormona que favorece la empatía y el cariño. A medida que van creciendo, los cachorros dejan de segregar esta sustancia y pasan a desprender testosterona dejando de gozar, a partir de los seis meses aproximadamente, de ese manto protector bajo el que los cobija la Naturaleza.

Cuando le conté todo esto a mi marido, bromeó diciéndome que no es que los Shar Peis sean independientes sino que, como les marginan por raritos, no les queda más remedio que jugar solos. No sé si tendrá razón pero desde que Antonio me explicó esta teoría, nadie me quita de la cabeza que los perros de mi barrio son demasiado superficiales.

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Este sábado Barney ha conocido el mar. La visita a la playa no ha podido ser más gratificante. ¡Le ha encantado! Ha sido una auténtica gozada verlo galopar sobre la arena. Me he reído mucho al observar cómo llegaba hasta la orilla con la intención, más que evidente, de meterse al agua hasta que una ola le ha hecho cambiar de idea. El salto que ha dado hacia atrás ha sido memorable.
¡Qué lastima que una jornada tan agradable resulte ser ilegal en mi ciudad! Por estrambótico que parezca, según las ordenanzas municipales, dar un plácido paseo por las playas valencianas en compañía de un perro, le puede llegar a costar a uno hasta 1500 euros. Me parece indecente.
Entiendo que se sancione al que no recoja las cacas de su mascota, entiendo que no pueden haber perros sueltos en zonas y a horas en las que hayan bañistas pero no puedo comprender qué daño le hago a nadie paseando con mi cachorro en abril a las siete de la tarde. Tampoco entiendo qué inconvenientes encuentra el gobierno de una provincia, con más de 135 kilómetros de costa, en reservar un espacio de sus playas a aquellos que queramos disfrutar del mar junto a nuestros peludos amigos. 

En provincias limítrofes, ya se han llevado a cabo iniciativas similares con estupendos resultados.  Sin embargo, el gobireno de Valencia, siempre al servicio del pueblo, ha considerado más necesario realizar una obra faraónica en el puerto para celebrar la American’s Cup que acotar una zona en la playa donde los ciudadanos podamos pasear a nuestros perros tranquilamente.  Supongo que el dinerito que se recauda a base de multas de este calibre debe resultar de gran ayuda a la hora de pagar puertos majestuosos y modernos circuítos urbanos de esos a los que los vecinos mileuristas solemos acudir con tanta asiduidad.

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Como estaba previsto, esta mañana Barney y yo hemos ido a revisión.  Tal y como hicieron el otro día, le han vuelto a teñir los ojos con fluoristeína para apreciar el estado de la lesión.  Por lo visto, entre las grapas y el tratamiento ha mejorado mucho.  La úlcera está cicatrizando y si todo marcha en bien en pocos días desaparecerá por completo.  De momento, debemos seguir con las gotitas durante una semana más y acudir de nuevo a la consulta el próximo miércoles.

Sobre el tema de la comida no le he comentado nada porque desde que ha vuelto a bajar al parque, su insaciable apetito y su buen humor han reaparecido como por arte de magia.  Me resulta increíble que toda aquella inapetencia se debiera más a un tema emocional  que físico pero parece evidente que lo único que le ocurría era que estaba tristón porque echaba de menos a sus peludos amigos.  Desde luego, si hay una característica de la raza que mi Shar Pei no cumple es su carácter independiente.  Barney es un perro súper sociable.  Le encanta jugar con sus congéneres.  Le da igual que sean machos o hembras, jóvenes o adultos, grandes o pequeños, todos le valen mientras que sean capaces de hacerle correr hasta terminar en este estado.

Estoy súper contenta de que todos los problemillas que le han ido surgiendo últimamente se estén solucionando.  Nunca antes había tenido un perro y jamás me hubiera podido imaginar lo que se puede llegar a padecer por ellos.  No dejo de sorprenderme con los sentimientos que hace aflorar en mi este arrugado sinvergüenza.
Pasteladas a parte, antes de terminar la entrada me gustaría contarte algo más que ha sucedido hoy en la consulta. Resulta que hace unos días había apreciado un granito blanco en el morro inferior de Barney y le he preguntado a la doctora por él.  Pues bien, me ha explicado que se trataba de una espinilla propia de la pubertad.  ¡Ay, Dios! ¡Mi tierno cachorrito tiene acné juvenil! Se está haciendo mayor por días…

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El lunes tuve que pasar la noche fuera de casa así que por primera vez mis dos machos se quedaron solos. Mi marido me llamó antes de irse a la cama para contarme cómo le había ido el día. Le pregunté por Barney, ya que aquella misma mañana le habían puesto las grapas. Me contó que estaba preocupado por él porque a la hora de la cena se había comportado de un modo muy extraño. Por lo visto, cuando se acercó a su cuenco lo golpeó y éste hizo un fuerte ruido. Según me explicó, el estruendo asustó al cachorro y aquella noche no quiso ni probar el pienso. Me resultó raro pues Barney siempre ha sido muy glotón pero no le di mucha importancia. Pensé que quizás se le hacía raro que yo no estuviera en casa o que tal vez estuviera desanimado por el collar isabelino. Intenté tranquilizar a mi marido diciéndole que seguro que a la mañana siguiente su voraz apetito volvía despertarse.


Llegó el martes y siguió sin probar su comida durante todo el día. Confiaba en que cuando yo regresara aquella misma noche se animaría y volvería a ser el de siempre pero cuando le di la cena mi gozo se hundió en un pozo. No la quería ni catar. Estaba irreconocible. En lugar de relajarse frente a su comedero como siempre había hecho, estiraba su cuerpo todo lo que le daban los músculos para olisquearlo con desconfianza. Probé a mezclarle el pienso con unas tiras de jamón dulce que despertaron su curiosidad. Poco a poco fue hundiendo la cabeza en el bol pero para mi sorpresa, en lugar de animarse a comer se limitó a sacar un puñado de pienso del cuenco y dejarlo en el suelo para seguir oliéndolo desde ahí. Mi marido y yo estábamos desconcertados. El perro no tenía fiebre, ni vómitos, ni diarreas pero tampoco apetito.
 
Supusimos que quizás estuviera un poco triste porque entre la cojera y la úlcera lleva casi un mes sin jugar con otros perros. Además cada vez que le ponemos el isabelino se queda como un alma en pena. Para intentar animarlo, decidimos llevarlo esa noche al parque. A esas horas no suelen haber perros pero imaginamos que aún así, correr suelto le vendría bien para levantarle el ánimo y abrirle el apetito. También acordamos no colocarle el isabelino salvo que fuera absolutamente imprescindible. Barney disfrutó mucho de su escapada nocturna. Corrió por todo el parque como un galgo hasta terminar jadeando. De vuelta a casa mi marido y yo aventurábamos que se tiraría al comedero en cuanto lo viera. Sin embargo, cuando entró a la cocina pasó absolutamente de la comida.

A la mañana siguiente tampoco quiso pegar bocado. Le mezclé el pienso con atún pero ni lo probó. Repetía ese extraño comportamiento de echar la comida al suelo para olerla pero no se la tragaba. Probé a cambiarle el pienso a un recipiente más bajo, casi a ras de suelo pero seguía sin comer absolutamente nada. Empezaba a estar bastante preocupada. Barney llevaba ya dos días y medio sin comer y no parecía motivarse ante ningún estímulo. Además lo notábamos muy apático. No nos perseguía por toda la casa como solía hacer ni se asomaba a alcahuetear por la ventana.

Esa misma tarde quiso el azar que durante nuestro paseo nos cruzáramos con la veterinaria. Le comenté lo que sucedía y me aconsejó que esa noche le pusiera para cenar arroz y pollo hervido. Me garantizó que se lo comería de buena gana. Le dije que seguiría su consejo y quedamos en que el viernes en revisión le comentaría cómo había ido.
Llegó la noche y le preparé a Barney una suculenta ración de arroz con pollo a la que no le hizo ni caso. Me entristecía mucho verlo así. Ya llevaba 72 horas sin comer y me sentía impotente al no lograr acertar qué le ocurría ni cómo ayudarlo. Quisimos intentar algo más antes de quitarle el bol aquella noche. Mi marido bajó a un supermercado 24 horas que hay a pocos metros de mi casa y compró una lata de paté de cordero para perros. Olía fenomenal, daban ganas de untarlo entre el pan. Pensé que si aquello no le animaba a comer no esperaría hasta el viernes para llevarlo a la consulta. Afortunadamente aquel fuerte olor despertó el apetito de mi cachorro. Comió muy poco, lentamente y masticando fuera del cuenco pero al menos comió algo. Mi marido y yo suspiramos aliviados al verlo cenar después de tres días sin pegar bocado y aquella noche nos fuimos a dormir mucho más tranquilos.
Esta mañana le hemos vuelto a poner pienso en el comedero y apenas le ha hecho caso. En lugar de darle otra vez paté (no quiero que se acostumbre a ese tipo de comida) he querido quemar un último cartucho. Lo he llevado al parque para que jugara con sus amigos a riesgo de que perdiera las grapas en el fragor de la batalla. Barney se ha divertido como un enano y al volver a casa se ha obrado el milagro. Mi cachorro se ha aproximado a su bol y se ha comido con ganas casi toda la ración que había rechazado a primera hora.
Desde luego, cuando Barney llegó a casa no podía ni imaginar los quebraderos de cabeza que me iba a hacer pasar. Es como tener un niño de cuatro de patas. Sin embargo, son tantas las alegrías y satisfacciones con las que colma a esta pequeña familia que hace que todo valga la pena y es que, como dice el canino refrán, sarna con gusto no pica.

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Igual que en el cuento de Hansel y Gretel, desde hace unos días Barney va dejando su rastro ahí por dónde pasa. La única diferencia entre los protagonistas de aquella historia y mi cachorro es que éste, en lugar de marcar sus pasos a base de migas de pan lo hace con unos pelos cortos y finos que tienen la capacidad de pegarse como lapas a cualquier superficie. Efectivamente, Barney está mudando, un proceso tan necesario como engorroso.
 

Del mismo modo en el que con el cambio de tiempo nosotros guardamos la ropa de una temporada y sacamos la de la siguiente, los Shar Peis también cambian su manto de cara a las estaciones intermedias. Si nuestro perro está bien alimentado, su nuevo pelaje crecerá sano y brillante, no obstante podemos ayudarlo un poco más mezclando unos copos de avena en su pienso. Pero lo más importante durante esta temporada es que lo cepillemos todos los días para arrastrar el pelo muerto. Debemos evitar los cepillos duros de púas afiladas ya que los Shar Peis no cuentan con subpelo y podríamos arañar fácilmente su piel. Yo utilizo una manopla de látex. Arrastra mucho pelo con un cepillado muy suave. A Barney le encanta y podría pasarse las horas muertas mientras lo cepillo.

A propósito de la carencia de subpelo, estaría bien recalcar que es fácil que durante esta época observemos en nuestro Shar Pei alguna calva que otra. Esto no debería suponer ningún problema siempre y cuando la piel no presente irritación y poco a poco vaya recuperando el pelo en estas zonas. En caso contrario es recomendable visitar al veterinario.

Es interesante que los baños de nuestro Shar Pei coincidan con el final de la época de muda para eliminar todo el pelo muerto que no hayamos podido arrastrar con los cepillados.

A parte de esto, lo único que te puedo aconsejar es paciencia. Yo estos días estoy pasando el aspirador cada dos por tres y aún así no consigo eliminar todo el pelo que Barney va dejando por ahí. Se queda pegado a todos los lados y es imposible eliminarlo si no se le quita antes la electricidad estática humedeciéndolo un poco con una bayeta. También se puede guardar todo el pelo que recojamos y utilizarlo para rellenar un par de almohadones aunque yo, personalmente, prefiero los de plumones de oca.