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Buenas noches amigos de la nave del misterio

En el post de hoy quiero compartir con vosotros una experiencia escalofriante que hemos vivido junto a Barney durante nuestras vacaciones.

Todos hemos escuchado hablar alguna vez sobre el sexto sentido de los perros. Se narran innumerables historias sobre animales que han predicho la muerte de sus amos, detectado las malas intenciones de persones aparentemente cordiales y demás aventuras, como mínimo, inquietantes.
¿Fenómenos paranormales? ¿Sentidos extremadamente desarrollados? ¡Quién sabe! Sea como sea, parece que a veces nuestros peludos detectan cosas imperceptibles para nosotros.

Precisamente, mi marido y yo andábamos hablando sobre la falta de instinto de Barney cuando paseábamos aquella calurosa noche junto a nuestro pequeño. Y es que, no nos vamos a engañar, Barney es un sol pero a veces es un poco tontorrón. Le tiran a morder y no se entera, se comen su comida y no protesta…. En fin, que es un manso. Entre risas, bajábamos por una larga escalinata, esculpida entre las rocas de un espigado acantilado, que conducía directa a la playa. Era la primera vez que llevábamos a Barney a una playa de piedras y estábamos intrigados por ver su reacción. Gustándole como le gustan las piedras, intuíamos que aquello iba a ser para él lo más parecido al Paraíso Terrenal.

Barney también andaba muy animado. Caminaba a buen paso, oliendo las flores y arbustos que había en nuestro camino. De vez en cuando, le daba el subidón y aceleraba la marcha y me tocaba corregirlo con la correa para que no se embalara. La noche era cerrada y muy oscura y me daba un poco de miedo que me hiciera tropezar en aquella pendiente tan escarpada en medio de ningún sitio.
De repente, pasó algo extraño. Aproximadamente a medio camino, Barney se detuvo en seco. No quería avanzar. Se encorvó en el suelo con el rabo entre las piernas y ahí se quedó, inmóvil en el acantilado en medio de la tenebrosa noche. Jamás lo había visto tan asustado. Yo le tiraba de la correa mientras lo animaba a seguir “¡Vamos guapo! ¡Vamos a buscar las piedras!” Pero mi pequeño no avanzaba. Parecía que estuviera clavado en el suelo. Sólo era capaz de recular tímidamente mientras gemía. Yo estaba desconcertada y, porque no decirlo, acojonada. “Tiene que haber oído una serpiente o algún bicho por ahí que le haya asustado” le dije a mi marido con desasosiego. Entonces él me miró perplejo y me dijo “Mira lo que hay justo ahí”

En ese momento, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Al borde de la escalera, había una roca pintada con alegres colores en la que, a la luz del móvil, se podía leer un epitafio. Sobre ella, y sostenido por una piedra, un ramo de flores en memoria de la joven que, según dictaba la esquela, había muerto en aquel mismo lugar.

Tal vez, aquello fuera sólo una casualidad. Probablemente lo que percibió Barney no fuera más que una culebrilla, como sospeché en un principio pero no os voy a mentir, aquella coincidencia me cagó viva.

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A veces, la vida te sorprende y de situaciones difíciles pueden surgir cosas maravillosas. Algo así me pasó a mí cuando hace tres años, tras quedarme en el paro, decidí empezar este blog, dedicado a mi fiel compañero, para combatir el aburrimiento. ¿Quién me iba a decir entonces que las tropelías de mi pequeñín llegarían a tanta gente?

Esta entrada es un homenaje para todos los que, junto a Barney y a mí, habéis escrito este blog. En ella, listamos los nombres de los Peis que nos habéis ido presentando en Facebook y que esperamos sirva como fuente de inspiración a “futuros papás” que anden un poco perdidos en la odisea de elegir un nombre para su cachorro. Espero no haberme olvidado de ninguno pero si es así, pido perdón de antemano.

La elección del nombre es algo muy personal pero siempre está bien que nos aporten ideas ¿no? Nosotros, nos decidimos a llamar “Barney” a nuestro Barney, después de verlo agitar su papada tras un sonoro eructo digno del amigo borracho de Hommer Simpson. ¿Y vosotros? ¿Cómo decidistéis llamar así a vuestros Shar Peis?

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· Zeus

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Hace ya mucho que no entro por aquí y os aseguro que no es por falta de ganas sino más bien por falta de tiempo.  La voracidad del día a día me absorbe y me resulta casi imposible encontrar un hueco para sentarme tranquilamente frente al ordenador y hablaros de Barney y de sus peripecias.

Hoy, por fin he encontrado el momento y la verdad es que no sé ni por dónde empezar.  He releído algunos posts antiguos y me parece que haya pasado una eternidad desde entonces.  Barney ya no es para nada el cachorro del que os hablaba hace un par de años y que me daba mil quebraderos de cabeza con sus papilomas y sus anginas.  Mi Shar Pei es ahora un perro fuerte y sano aunque eso sí, sigue padeciendo con sus ojitos y al final me he decidido a operarlo de entropión cuando pase el verano.  Os mantendré informados XD.

Pero en fin a lo que iba…  Me sorprende mucho al releer el blog lo mucho que Barney ha cambiado en apenas un año.   Mantiene muchos rasgos de su personalidad intactos desde que era un cachorro pero ha cambiado otros según ha ido pasando el tiempo.  Supongo que, como las personas, los SharPeis también maduran.

Mi pequeño sigue siendo un perro tranquilo y cariñoso.  Le encanta que lo acaricie y frotar su cabeza contra mis piernas mientras ronronea como un gato en muestra de afecto.  Poco a poco nos hemos ido conociendo y comprendiendo de una forma muy natural.  Es muy listo.  Entiende un montón de cosas, conoce y respeta las normas y nos hace caso en todo aunque sea a regañadientes.   Es muy gracioso verle tumbarse de golpe frente a la ventana mientras deja clara su resignación con un fuerte resoplido cuando él quiere jugar y le decimos que nos deje tranquilitos ver la tele por las noches.

Donde más ha cambiado su forma de comportarse es en la calle.  Antes le encantaba pasarse horas en el parque jugando con otros perros.  Le daba igual que le gruñeran o le mordieran, él insistía e insistía hasta que los demás perros se hacían amigos suyos aunque fuera por pesado.  A mi esto me resultaba muy curioso ya que estaba harta de leer que esta raza se caracterizaba por su independecia y creía que realmente, mi Shar Pei era singular en este aspecto pero no,  simplemente era muy pequeño todavía.

Ahora va a su bola.  Saluda y tal pero no intima con nadie. Prefiere pasarse las horas escarbando el suelo en busca de piedras aunque confieso que en alguna ocasión ha conseguido tesoros más valiosos: Bocas de riego para ser más exactos…  Espero que el concejal de urbanismo no llegue nunca a este post.

Aún así, Barney conserva sus amigos íntimos: Eco, un Shar Pei con el que curiosamente sigue jugando como cuando era un cachorro y Dina, su sobrinita postiza a la que defiende a base de ladridos cuando otro perro le molesta.  Me resulta muy curioso verlo en ese papel protector porque hasta hace muy poco, nunca le había escuchado ladrar de “mal rollo” a nadie.

¿Y vosotros?  ¿También habéis notado cambios en el carácter de vuestros Peis con el paso del tiempo?

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Hacía ya algunos meses que Barney salía muy revolucionado a la calle. Siempre se había portado muy bien durante los paseos pero últimamente estaba indomable. No le importaba ahogarse con el collar, ni que le interrumpiera la caminata cada dos por tres, ni que le corrigiera a base de golpecitos, ni nada de nada. En cuanto salíamos de casa, su única obsesión era echar a correr con todas sus fuerzas y no hace falta decir que, con 15 meses y casi 30 kilos, sus fuerzas hoy por hoy son muy superiores a las mías.

Mi marido me insistía en que teníamos que hacernos con un collar de estrangulamiento. A mí, el mero hecho de escuchar esa palabra me ponía los pelos de punta por lo que antes de optar por esa opción probé un montón de soluciones. La única que me funcionó fue salir a la calle con un trocito de queso en la mano con la que sujeto la correa. Barney iba tan pendiente del olor de la golosina que no estiraba en absoluto. No obstante, si un día se me olvidaba coger el dichoso trozo de queso, el paseo se convertía en un suplicio.

Collar Halti: ¿Necesario?

Cierta mañana de jueves, salí de casa con Barney y sin queso con la sana intención de disfrutar de un plácido paseo. Nada más pisar la calle, Barney echó a correr con tal energía que me tiró al suelo. Mientras intentaba reponerme de la caída, observaba como mi adorable amigo corría como un energúmeno con la correa arrastras. Por suerte, aunque mi Shar Pei haya perdido sus buenas costumbres durante los paseos sigue siendo un perro bastante obediente y me bastó decirle “Quieto” para que cesara en su carrera y me esperara pacientemente. De haber sabido que iríamos a la tienda de animales a por un Halti, dudo que hubiera hecho el mismo caso.

Collar Halti: ¿Qué es?

Para quienes no lo conozcáis, el Halti es un collar de cabeza similar a las bridas de los caballos creado con el fin de evitar que el perro tire. Recordaba que en una ocasión le pedí a mi veterinaria consejo sobre cómo evitar los estirones de Barney y me habló muy bien de él. Cuando entramos a la tienda y pedí el collar la dependienta exclamó horrorizada “¡Ay! ¿Vas a ponerle el espantoso Halti?” Me quedé desconcertada. “¿Espantoso por qué?”, pregunté. La chica, sin dejar de mirar a Barney como un cordero degollado, me dijo “El hocico es muy sensible y si tira le va a doler, además si le das un tirón brusco puede hacerse daño en el cuello”. En cualquier otro momento aquellas palabras me hubieran dado que pensar pero con el culo todavía dolorido no lo dudé y dije “¡Pues que no tire!” y me fui con mi Halti a casa.

A Barney esta nueva adquisición no le gustó en absoluto. Se levantaba sobre sus patas traseras mientras se frotaba el hocico con las delanteras intentando quitárselo. Durante los primeros días pensé que no lograría habituarle a usarlo. En cuanto me veía con el Halti en la mano se escondía espantado. No obstante, con paciencia y premios, hemos conseguido que lo acepte y ahora es él quien acude raudo a que se lo pongamos cuando nos escucha sacarlo del cajón.

¿Es molesto para el perro el collar halti?
Pasear con Barney es de nuevo una delicia y es que desde el Wonderbra nunca antes un trozo de tela había dado unos resultados tan milagrosos. Mi perro ha dejado de tirar como por arte de magia desde el primer día de uso. Según mi experiencia, considero que es muy poco probable que utilizar este producto pueda lesionar el cuello del animal pues en cuanto se lo colocas deja de tirar y apenas son necesarias algunas correcciones muy leves en momentos muy puntuales. En mi caso al menos, me ha resultado mucho más costoso acostumbrarle a no intentar quitárselo que a no estirar aunque a base de “No”, “No” y “No” ha terminado cediendo.

Collar Halti: Opinión final

He de decir que desde que tengo el Halti he descubierto una nueva faceta del carácter de mi Shar Pei: Tiene dotes interpretativas. Cuando paseo con él con su nuevo collar y le para alguien a decirle monerías, monta unos dramas alucinantes para que le gente lo libere. Llora, se frota el hocico y hace un sinfín de esparajismos pero os aseguro que es todo cuento. ¿Por qué si no cuando vamos los dos solos pasea tan feliz y no protesta?

Antes de terminar esta entrada, me gustaría hacer una recomendación a todos aquellos que tengáis el mismo problema que yo y decidáis probar este artilugio. En caso de duda respecto a la talla optad antes por un collar holgado que por uno que quede demasiado ajustado. La única pega que le veo a este invento es que el nylon puede provocar heridas por fricción en una zona tan sensible y carente de pelo como el hocico. Por lo demás, lo recomiendo al 100%.

Para todos aquellos que no sepan dónde adquirir uno de estos collares, es muy fácil, lo tienen en un montón de sitios en Internet. Para que no tengas que buscar aquí tienes un enlace donde puedes pedir directamente un COLLAR HALTI.

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Dependiendo del tamaño del morro que tenga vuestro arrugado amigo, las tallas serían entre la 4 y la 5. Por ejemplo, Barney debe llevar la 5 porque tiene el morro de hipopótamo. Si por el contrario vuestro Pei tiene el morro un poco más finito, con la 4 irá perfecto.

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Queridos amigos

Tras varias semanas sin pasarme por aquí, me decido al fin a escribir un nuevo post. En esta ocasión os hablaré de algo que jamás había contemplado antes de decidirme a compartir mi vida con un Shar Pei pero que, sin duda, tendré muy en cuenta si en un futuro vuelvo a plantearme ampliar la familia con otro perro.

Tener un Shar Pei es una experiencia maravillosa. Alegran tus días más grises sin ni siquiera proponérselo. Verlos pasear y disfrutar jugando en el parque con sus congéneres sería en sí toda una delicia sino fuera por un pequeño detalle: Esos congéneres tienen dueños. Sé que resulta una obviedad pero el tema tiene mas enjundia de lo que puede parecer a simple vista.

Si todavía estás planteándote compartir tu vida con un Shar Pei, te recomiendo que leas este post. En otras páginas de Internet podrás encontrar mucha información sobre la alimentación y cuidados que requieren estos arrugaditos pero sólo aquí te advertiremos sobre el peligro que suponen los dueños de los otros perros.

A lo tonto a lo tonto ya hace casi un año que Barney llegó a mi vida o, dicho de otro modo, ya hace casi un año que empecé mi propio periodo de socialización. Pese a no ser demasiado extrovertida, con la llegada de Barney tuve que acostumbrarme a tratar con otras personas que sacaban a jugar a sus perrillos al mismo parque. Vaya por delante, que la mayoría de ellas son muy agradables y educadas pero siempre hay excepciones que te hacen recordar aquello de “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.

He de decir en honor a la verdad, que no he sido consciente del peligro que suponen algunos dueños hasta hace relativamente muy poco tiempo. Hasta hace unas semanas, mi relación con los papás de los demás chuchillos era un remanso de paz y armonía. Incluso reconozco que sentía cierta ilusión al encontrarme en el parque con algunos de ellos.

Me gustaba, por ejemplo, coincidir con una chica a la que llamaremos “M” que padece de incontinencia verbal. Esta muchacha es muy divertida pues no necesita conocerte de nada para contarte la vida. Os podría explicar cualquier cosa sobre ella pues no hay tema que le resulte lo suficientemente pudoroso como para no tratarlo con cualquiera. Además, “M” tiene la inquietante habilidad de retomar sus monólogos por el mismo punto en el que los deja aunque pasen varios días sin que la veas. Lo más peculiar de esta chica es que ella no tiene perro pero es tal pasión la que siente por los animales que baja todos los días, mañana, tarde y noche, a saludarlos y pasar un rato con ellos. Os juro que los conoce a todos por el nombre y en total deben haber más cien. Ruego que os abstengáis de hacer cualquier comentario o diagnóstico referente a “M” pues repito que a mí me cae muy bien.

También me gustaba mucho coincidir con una especie de rockabilly del siglo XXI que me tiraba los tejos con descaro todas las mañanas. Pasear al perro con él era un chute de autoestima. Yo le advertí desde el primer día que estaba casada pero él no debió creerme pues me rondaba día tras día hasta que llegó cierta mañana en la que mi marido bajó al parque y él se volatilizó como por arte de magia. Nunca más lo he vuelto a ver.

Por desgracia, no todos los dueños (o no dueños como “M”) son tan agradables. Siempre hay gente que te hace replantearte la inteligencia del género humano y este es el caso de los dueños de “Popeye”. “Popeye” es un cruce de pastor alemán con alguna otra raza indefinida. Es un perro grande y corpulento aunque sus dueños no parecen haberse dado cuenta de eso. A Popeye lo pasean tres personas: Un matrimonio y su vecino.

Antes de entrar de lleno en la anécdota, he de decir que Barney es un perro muy sociable y sumiso. Siempre tiene ganas de jugar con todos los perros. Su entretenimiento favorito es correr detrás de sus colegas. Puede llegar a coger unas velocidades vertiginosas. Es un espectáculo ver su cara de velocidad cuando galopa por el parque. A Barney sin embargo, no le gustan los juegos violentos. Si escucha gresca, huye. Si algún perro le ataca, se echa al suelo con la panza para arriba. Si le ladran, se pega unos sustos de órdago. Es muy curioso ver como levanta las orejas, echa las arrugas de la cara hacia atrás y tira a correr despavorido. La mayoría de la gente alucina con lo manso que es. Muchas veces me han dicho que es especialmente afable para ser un Shar Pei. De hecho, hay varios Shar Peis más en el parque pero ninguno de ellos tiene un carácter tan dócil como Barney. Incluso mi veterinaria me confesó un día que hasta conocer a mi Shar Pei, le tenía cierta manía a la raza.

En fin, a lo que íbamos. Cierto día, mi marido y yo observábamos como Barney se lo pasaba genial en el parque con el resto de sus compinches. En un momento determinado, llegó Popeye con el vecino paseador y Barney fue corriendo a saludarlo. El vecino se interpuso entre ambos y alejó a Barney a base de patadas y gritos. Mi marido, herido en su orgullo paterno, le preguntó si tenía algún problema con nuestro perro a lo que éste respondió con gritos histéricos “¿Es que no lo has visto? ¡Iba a atacar a mi perro! ¡¡¡¡Se le ha tirado encima como una fiera!!!” Mi marido y yo nos miramos con estupor. ¿Atacarlo? ¿Estaba hablando de Barney? ¿Del perro que siempre vuelve a casa con los mofletes llenos de mordiscos porque se deja hacer de todo? No dábamos crédito. Recogimos a nuestro perro e intentamos tranquilizar al hombre diciéndole que Barney sólo quería jugar. Por supuesto, él no nos creyó y se fue del parque con Popeye despidiéndose de nosotros con un repertorio de insultos que no reproduciré por respeto a la sensibilidad de los lectores de este blog.

Todo esto se hubiera quedado en una anécdota de no haber sido porque al cabo de un rato llegó la policia. Nuestro querido vecino les había alertado de que un perro peligroso y muy agresivo andaba suelto. Evidentemente, cuando las autoridades del estado conocieron a Barney se echaron a reír. “Pero bueno, ¿este es el perro agresivo? ¡Pero si es todo mollitas!”, decían mientras mi Sgar Pei les chupetaba las manos. Aunque aquello no fue a mayores, nos tocó bastante las narices.

Al cabo de varias semanas, mi marido, Barney y yo estábamos de nuevo en el parque. En esta ocasión, no habían más perros y mi Shar Pei se entretenía jugando con su pelota. En esas estábamos cuando Popeye llegó al parque, esta vez acompañado por el matrimonio. Al verlo, Barney salió en su encuentro muy contento. Según se acercaba a él, la mujer me gritaba como una loca “¡¡¡Coge a tu perro!!! ¡¡¡Que lo cojas!!!!” Popeye, dicho sea de paso, tanto en esta ocasión como en la anterior, también andaba sin correa. Aún así, obedecí ipso facto. Tengo claro cómo es mi perro y sé que no va a atacar a nadie pero supongo que cuando alguien se pone así es por algo. Quizás su perro sí que tuviera malas pulgas y la buena mujer no quisiera otra cosa que evitarle un mordisco al alma de cántaro de Barney.

Una vez hube atado a mi Shar Pei, la mujer empezó a despotricar. Decía que iba a llamar a la policía, que Barney era muy agresivo, que era de raza peligrosa, que debía ir siempre atado y con bozal y no sé cuantas sandeces más. Mi marido le dijo que antes de tomarse la libertad de hablar de esa manera, se informara. Le explicó que los Shar Peis no están catalogados como raza peligrosa y le invitó a preguntarle a cualquier habitual del parque sobre la agresividad de Barney.

La mujer no atendía a razones y cada vez estaba más exaltada. Su marido, en un acto de gallardía, salió en su defensa y se dirigió a nosotros y a nuestros muertos con muy malas formas. Ni corto ni perezoso, mi marido le respondió en un tono igual de afectuoso. La señora, ensimismada ante el coraje de su esposo, lo jaleaba con entusiasmo y yo podía notar como las piernas me temblaban debajo del abrigo. Algunos pensarán que soy una cobarde pero yo prefiero autodenominarme pacifista. Si ya de por sí, discutir no me entusiasma, hacerlo con gente así me parece una pérdida de tiempo absoluta. Te ofuscas, pasas un mal rato intentándoles hacer ver la realidad y al final ¿Qué consigues? ¡Nada! El que es tonto, es tonto y no tiene remedio. Entre tanto Barney, haciendo gala de su carácter violento, dormía plácidamente mientras esperaba a que los mayores resolviéramos nuestros asuntos.

Finalmente, conseguí hacerle ver a mi esposo que no merecía la pena seguir discutiendo y nos fuimos para casa. Yo estaba muy disgustada por el numerito que habíamos protagonizado y le dije a mi marido que aunque llevaba la razón en todo, rebajarse al nivel de este adorable matrimonio, le había hecho perderla. Él aprobó mi teoría y en un acto de caballerosidad, volvió a bajar al parque para disculparse por haberse excedido en las formas. No obstante, el matrimonio ya se había marchado.

Al día siguiente, quiso el azar que coincidiera con la mujer en el parque y empezamos a hablar calmadamente sobre lo acontecido. Supongo que después de la amistosa charla del día anterior, la señora se entretuvo en buscar en google un listado de razas peligrosas porque cada vez que yo le sacaba ese tema, ella se salía por la tangente. Parecía como si nunca hubiera hecho mención a la agresividad de Barney. De un día para otro ya no le preocupaba que mi Shar Pei fuera sin bozal sino que a su anciano perro le diera un infarto si se le acercaba otro perro. Mientras observaba como Popeye jugaba alegremente con los demás chuchillos, yo escuchaba ojiplática a su dueña. Aún así, le pedí disculpas en nombre de mi marido y en el mío propio (pese a que yo les traté con el máximo respeto en todo momento) por las formas de la noche anterior. Ella aceptó mis disculpas pero si pensáis que pidió perdón por las barbaridades e insultos que tanto ella como su marido nos procesaron la noche de antes estáis muy equivocados. Ya os he dicho antes que la tontuna no la curan los médicos.

Pese a que todo quedó ahí, os confieso que vivo con miedo a cruzármelos de nuevo y que les de otro brote psicótico de los suyos. Y es que en los parques de perros deberían poner carteles que advirtieran: “Cuidado: Dueños sueltos”

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Sabía que tenía esto un poco desamparado pero…  ¿Tres meses sin escribir?  ¡Qué dejadez la mía! Casi me da un síncope cuando he visto que todavía salía en portada el macro papiloma de Barney. ¡Pero si desapareció hace meses!  Y ojo, no desapareció de cualquier forma sino que se volatilizó de la noche a la mañana como por arte de magia. ¡Aquel numerito estuvo a la altura del mismísimo  Houdini!  Viendo esto, me he sentido obligada a subir una fotito más reciente de Barney.  Con lo guapetón que está no me gustaría que pasara a la historia como “La Coliflor a un Shar Pei pegada” por culpa de mi vagancia.


La verdad es que si no he escrito mucho más desde entonces ha sido porque realmente no nos ha ocurrido nada digno de mención.  Barney ya es todo en gentleman y me da muy pocos disgustos.  Su salud es inmejorable y conoce y respeta siempre  casi siempre las normas.  Aún así, tengo que sacar tiempo para contaros una peripecia bastante reciente que no tiene desperdicio: El día que Barney se enfrentó al macho Alpha del parque.  ¡Ya era hora de que le plantara cara a ese abusón!

Espero que no pasen tres meses más hasta que me anime a escribir esa historia pero por si acaso y hasta entonces, os invito a todos a uniros a nuestra página en Facebook.  Ahí entro casi a diario y respondo a vuestros comentarios con mucha más rapidez que si me los dejáis en el blog. La verdad es que poquito a poco se han ido sumando a la página más y más personas y hoy por hoy, formamos un grupo bastante majo de amantes de la raza.  Entre todos ponemos nuestras dudas y experiencias en común, compartimos fotos y vídeos de nuestros Peis y en definitiva, pasamos muy buenos ratos a costa de nuestros arrugados amigos.   Espero veros por ahí muy pronto.

Un besote de mi parte y un lametón de la de Barney

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“¡Ohhh! ¡Que monada!” Exclamaba esta mañana una chica al cruzarse con mi Shar Pei. Enternecida, se ha agachado para acariciarle. Barney todavía zarandeaba alegremente su rabo cuando un estremecedor chillido ha roto la dulzura del momento. “¡Arggg! ¡Que asco por Dios!” Barney, miraba a la joven extrañado ladeando la cabeza. Yo también observaba, sin entender nada, como huía despavorida calle abajo. Cuando la he perdido de vista, he mirado a Barney intentando encontrar en su arrugada carita el por qué de tal extraña actitud. Mi peludo compañero, me observaba con esa abierta sonrisa que siempre nos acompaña durante los paseos. Cuando he visto su enorme boca abierta de par en par, lo he entendido todo.


No os había contado que desde hace varios meses mi familia ya no se compone de dos humanos y un perro sino que ha aumentado con un miembro más. Ahora somos dos humanos, un perro y un papiloma enorme. Reconozco que este nuevo pariente es más bien feo y entiendo que a la chica le haya dado un poco de repelús conocerlo aunque sigo pensando que su reacción ha sido un tanto desmesurada. 

Los papilomas son tumores benignos que aparecen en la piel. Su aspecto es francamente desagradable. Se trata de una especie de granos grisáceos que se agrupan formando algo parecido a una coliflor. Pueden aparecer en cualquier parte del cuerpo del perro pero lo más habitual es que se presenten en zonas húmedas y gelatinosas. Barney, por ejemplo, tiene el suyo en el labio inferior. Cuando tiene la boca cerrada no se ve pero cuando la abre….
Todo empezó con un par de granitos diminutos que poco a poco se fueron multiplicando y aumentando de tamaño hasta llegar alcanzar dimensiones inimaginables. Los papilomas no son perjudiciales para la salud aunque, dependiendo de dónde aparezcan, pueden resultar molestos. Con el de Barney tengo un problema. Resulta que cuando juega a lo bruto le suele terminar sangrando y pone perdidos a los otros perros. En una ocasión, una señora casi me pega porque pensaba que mi perro había desangrado al suyo.

Normalmente, los papilomas desaparecen solos pero si no es así pueden extirparse mediante una sencilla intervención quirúrgica. Para evitarle una anestesia, hemos decidido quitárselo el mismo día en el que le operen de entropión. Hace siglos que no me hago un chequeo médico y me estoy planteando hacerle dos operaciones de cirugía estética a mi perro… Sospecho que estoy perdiendo el juicio.

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Hace unas semanas, mi madre me animó a reportar este blog a la web facilisimo.com, ya que celebraban un concurso de blogs de mascotas.  Así lo hice y para mi sorpresa resulté ganadora.   Ayer recibimos con gran alegría el premio en nuestra casa.  Consta de un saco de pienso y unas bolsitas de snacks.  Como os podéis imaginar, estoy muy orgullosa de que Barney ya se gane el pienso con sus propios méritos. 
He pensado en sortear un par de bolsitas de estos snacks entre aquellos que seguís este blog ya que con vuestros comentarios me habéis animado a seguir publicando entradas y he aprendido muchas cosas nuevas sobre esta raza.   Los snacks ayudan a mantener la salud dental y como podéis ver en la foto, a Barney le han encantado.
Si os apetece participar sólo teneis que haceros amigos de Mi Shar Pei en Facebook y publicar en el muro una anécdota que hayais vivido junto a vuestro perro.  No hace falta que sean muy largas, ni que estén perfectamente redactadas.  La idea es que compartais con nosotros algún momento que hayais disfrutado con vuestros peludos y que recordeis especialmente.
 

Dentro de un mes, un selecto jurado (mi marido) decidirá cuál le gusta más y le haremos llegar el regalito.  El premio es más simbólico que otra cosa pero me hace mucha ilusión tener un detalle con vosotros así que espero que os animéis a participar.
 ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Esperamos impacientes vuestras anécdotas!!!!!!!!!

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Recuerdo que cuándo estaba en plena edad del pavo mi madre solía decirme “Cuando eras pequeñita me daban ganas de comerte y ahora me arrepiento de no haberlo hecho” La verdad es que le di unos cuantos quebraderos de cabeza a la pobre mujer durante aquellos años locos. Ahora que convivo con un Shar Pei en plena explosión hormonal, entiendo mucho mejor el significado de aquellas palabras.

En la vida de cualquiera, la adolescencia es siempre una época tan intensa como complicada. Descubres en tu cuerpo cambios casi a diario. Empiezas a cuestionarte todo lo que habías dado por hecho mientras eras un niño. Pruebas a desafiar la autoridad de tus padres y a saltarte los límites establecidos. En definitiva, te pones tonto pero por suerte, en la mayoría de los casos se te pasa con los años.
Viviendo con Barney me he sorprendido al descubrir que, en esencia, la adolescencia de los perros no dista tanto de la de los humanos. Ellos también experimentan cambios físicos. Los testículos engordan y se oscurecen, la tripa se les cubre con mucho más pelo y aparece el detestable acné juvenil. Como nosotros, también imitan el comportamiento de “los mayores”.  Aprenden a orinar levantando la patita y empiezan a ignorar a los perros pequeños a la hora de jugar. Descubren su sexualidad y por supuesto desafían a sus  dueños como cualquier quinceañero haría con sus padres.

Me quedo perpleja al ver como mi adorable cachorro se convierte en un jovencito insolente.   Hay veces que me cuesta un mundo que acuda a mi llamada cuando está jugando en el parque y no es porque no me oiga. No, no, nada de eso. Es porque no le interesa en absoluto volver a casa y opta por no hacerme el más mínimo caso.  Aunque la mayor parte del tiempo es muy tranquilo y obediente en ocasiones hace cosas, como pedir comida o estirar de la correa, que no repetía desde hacía meses.

Parece que hayamos vuelto al principio y que tuviera que aprenderlo todo de nuevo. Vuelven los “no” y los toquecitos en el morro. No quiero pasarle ni una pues la adolescencia es tan importante o más que la propia infancia en la vida de un perro. Lo que Barney aprenda durante los próximos meses determinará en gran medida su comportamiento durante el resto de su vida y no me gustaría que se acostumbrase a salirse con la suya. Creo que en momentos como este es más importante que nunca mantenerse firme y no perder la calma. Si hay que repetir las cosas cien veces para que haga caso, se repiten cien veces.  Lo importante es no retirarse hasta que haya obedecido.  Mi Shar Pei es muy testarudo pero tengo comprobado que puedo llegar a serlo más que él.

Me he comprado un libro con trucos nuevos. Los que le había enseñado ya los tenía muy dominados. Ahora para ganarse las golosinas le toca esforzarse un poco más. La verdad es que le recomiendo a todo el mundo que practique este tipo de ejercicios. Son muy útiles para entrenar la obediencia del perro de una manera divertida para ambos. Es muy gratificante ver como Barney me mira atento mientras agita la cola a la espera de una nueva orden. En cuanto tengamos un poco más controlados los trucos nuevos subiremos un vídeo para compartir con vosotros sus progresos.

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La elegida


Hace un par de posts, como si de una premonición se tratase, escribí  “El día que Barney me sorprenda queriendo montarse a una perrita o levantando la pata para orinar seréis los primeros en saberlo”  Pues bien, ese día ha llegado. 

Desde hace un par de semanas venía observando que a mi Shar Pei ya no le valía cualquier sitio para hacer pipí.  Buscaba los árboles, postes y esquinas en los que habían orinado antes otros perros.  Viendo esto, me imaginaba que no tardaría mucho en llegar el día en el que se animara a hacer pis como un perro adulto pero aún así no pude evitar sorprenderme y que carajo, hasta emocionarme, cuando lo vi realizar tan inédita maniobra.
Hay que decir que Barney es un perro con clase y no le sirvió para estrenarse en estos menesteres cualquier arbolucho del tres al cuarto sino que eligió una estupenda columna renacentista. Se acercó hacia ella con decisión, la olió un poco y… ¡Ale!  Se alejó un par de metros, volvió a acercarse, la olfateó de nuevo y repitió la jugada por si no me había quedado claro. 


La verdad es que no sé si llegó a hacer pipí o si sólo estaba haciendo prácticas,  estaba demasiado lejos como para verlo y en todos los paseos que hemos dado posteriormente a este ha orinado como siempre.  Fuera como fuere, lo que sí que está claro es que, a una semana de los ocho meses, Barney ha empezado a hacer sus pinitos. 
Aquella misma tarde, cuando creía que ya lo había visto todo, Barney volvió a demostrarme de nuevo que ya no es un cachorrito.  Me quedé perpleja al verlo montado sobre una Cocker Spaniel, dejando más que claro  que no padece fimosis.  Lo aparté enseguida y le reñí.  No sé si haría mal o bien, pero no supe reaccionar de otro modo.  No me gustaría que Barney se aficionara a esos juegos y que fuera dejando preñadas a todas las hembras del barrio.  En cuanto empezaran a nacer cachorros arrugados se iba a hacer cola en la puerta de mi casa reclamando manutenciones y no está el horno para bollos.