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Mi Shar Pei

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Buenas noches amigos de la nave del misterio

En el post de hoy quiero compartir con vosotros una experiencia escalofriante que hemos vivido junto a Barney durante nuestras vacaciones.

Todos hemos escuchado hablar alguna vez sobre el sexto sentido de los perros. Se narran innumerables historias sobre animales que han predicho la muerte de sus amos, detectado las malas intenciones de persones aparentemente cordiales y demás aventuras, como mínimo, inquietantes.
¿Fenómenos paranormales? ¿Sentidos extremadamente desarrollados? ¡Quién sabe! Sea como sea, parece que a veces nuestros peludos detectan cosas imperceptibles para nosotros.

Precisamente, mi marido y yo andábamos hablando sobre la falta de instinto de Barney cuando paseábamos aquella calurosa noche junto a nuestro pequeño. Y es que, no nos vamos a engañar, Barney es un sol pero a veces es un poco tontorrón. Le tiran a morder y no se entera, se comen su comida y no protesta…. En fin, que es un manso. Entre risas, bajábamos por una larga escalinata, esculpida entre las rocas de un espigado acantilado, que conducía directa a la playa. Era la primera vez que llevábamos a Barney a una playa de piedras y estábamos intrigados por ver su reacción. Gustándole como le gustan las piedras, intuíamos que aquello iba a ser para él lo más parecido al Paraíso Terrenal.

Barney también andaba muy animado. Caminaba a buen paso, oliendo las flores y arbustos que había en nuestro camino. De vez en cuando, le daba el subidón y aceleraba la marcha y me tocaba corregirlo con la correa para que no se embalara. La noche era cerrada y muy oscura y me daba un poco de miedo que me hiciera tropezar en aquella pendiente tan escarpada en medio de ningún sitio.
De repente, pasó algo extraño. Aproximadamente a medio camino, Barney se detuvo en seco. No quería avanzar. Se encorvó en el suelo con el rabo entre las piernas y ahí se quedó, inmóvil en el acantilado en medio de la tenebrosa noche. Jamás lo había visto tan asustado. Yo le tiraba de la correa mientras lo animaba a seguir “¡Vamos guapo! ¡Vamos a buscar las piedras!” Pero mi pequeño no avanzaba. Parecía que estuviera clavado en el suelo. Sólo era capaz de recular tímidamente mientras gemía. Yo estaba desconcertada y, porque no decirlo, acojonada. “Tiene que haber oído una serpiente o algún bicho por ahí que le haya asustado” le dije a mi marido con desasosiego. Entonces él me miró perplejo y me dijo “Mira lo que hay justo ahí”

En ese momento, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Al borde de la escalera, había una roca pintada con alegres colores en la que, a la luz del móvil, se podía leer un epitafio. Sobre ella, y sostenido por una piedra, un ramo de flores en memoria de la joven que, según dictaba la esquela, había muerto en aquel mismo lugar.

Tal vez, aquello fuera sólo una casualidad. Probablemente lo que percibió Barney no fuera más que una culebrilla, como sospeché en un principio pero no os voy a mentir, aquella coincidencia me cagó viva.

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A veces, la vida te sorprende y de situaciones difíciles pueden surgir cosas maravillosas. Algo así me pasó a mí cuando hace tres años, tras quedarme en el paro, decidí empezar este blog, dedicado a mi fiel compañero, para combatir el aburrimiento. ¿Quién me iba a decir entonces que las tropelías de mi pequeñín llegarían a tanta gente?

Esta entrada es un homenaje para todos los que, junto a Barney y a mí, habéis escrito este blog. En ella, listamos los nombres de los Peis que nos habéis ido presentando en Facebook y que esperamos sirva como fuente de inspiración a “futuros papás” que anden un poco perdidos en la odisea de elegir un nombre para su cachorro. Espero no haberme olvidado de ninguno pero si es así, pido perdón de antemano.

La elección del nombre es algo muy personal pero siempre está bien que nos aporten ideas ¿no? Nosotros, nos decidimos a llamar “Barney” a nuestro Barney, después de verlo agitar su papada tras un sonoro eructo digno del amigo borracho de Hommer Simpson. ¿Y vosotros? ¿Cómo decidistéis llamar así a vuestros Shar Peis?

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Queridos amigos

Tras varias semanas sin pasarme por aquí, me decido al fin a escribir un nuevo post. En esta ocasión os hablaré de algo que jamás había contemplado antes de decidirme a compartir mi vida con un Shar Pei pero que, sin duda, tendré muy en cuenta si en un futuro vuelvo a plantearme ampliar la familia con otro perro.

Tener un Shar Pei es una experiencia maravillosa. Alegran tus días más grises sin ni siquiera proponérselo. Verlos pasear y disfrutar jugando en el parque con sus congéneres sería en sí toda una delicia sino fuera por un pequeño detalle: Esos congéneres tienen dueños. Sé que resulta una obviedad pero el tema tiene mas enjundia de lo que puede parecer a simple vista.

Si todavía estás planteándote compartir tu vida con un Shar Pei, te recomiendo que leas este post. En otras páginas de Internet podrás encontrar mucha información sobre la alimentación y cuidados que requieren estos arrugaditos pero sólo aquí te advertiremos sobre el peligro que suponen los dueños de los otros perros.

A lo tonto a lo tonto ya hace casi un año que Barney llegó a mi vida o, dicho de otro modo, ya hace casi un año que empecé mi propio periodo de socialización. Pese a no ser demasiado extrovertida, con la llegada de Barney tuve que acostumbrarme a tratar con otras personas que sacaban a jugar a sus perrillos al mismo parque. Vaya por delante, que la mayoría de ellas son muy agradables y educadas pero siempre hay excepciones que te hacen recordar aquello de “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.

He de decir en honor a la verdad, que no he sido consciente del peligro que suponen algunos dueños hasta hace relativamente muy poco tiempo. Hasta hace unas semanas, mi relación con los papás de los demás chuchillos era un remanso de paz y armonía. Incluso reconozco que sentía cierta ilusión al encontrarme en el parque con algunos de ellos.

Me gustaba, por ejemplo, coincidir con una chica a la que llamaremos “M” que padece de incontinencia verbal. Esta muchacha es muy divertida pues no necesita conocerte de nada para contarte la vida. Os podría explicar cualquier cosa sobre ella pues no hay tema que le resulte lo suficientemente pudoroso como para no tratarlo con cualquiera. Además, “M” tiene la inquietante habilidad de retomar sus monólogos por el mismo punto en el que los deja aunque pasen varios días sin que la veas. Lo más peculiar de esta chica es que ella no tiene perro pero es tal pasión la que siente por los animales que baja todos los días, mañana, tarde y noche, a saludarlos y pasar un rato con ellos. Os juro que los conoce a todos por el nombre y en total deben haber más cien. Ruego que os abstengáis de hacer cualquier comentario o diagnóstico referente a “M” pues repito que a mí me cae muy bien.

También me gustaba mucho coincidir con una especie de rockabilly del siglo XXI que me tiraba los tejos con descaro todas las mañanas. Pasear al perro con él era un chute de autoestima. Yo le advertí desde el primer día que estaba casada pero él no debió creerme pues me rondaba día tras día hasta que llegó cierta mañana en la que mi marido bajó al parque y él se volatilizó como por arte de magia. Nunca más lo he vuelto a ver.

Por desgracia, no todos los dueños (o no dueños como “M”) son tan agradables. Siempre hay gente que te hace replantearte la inteligencia del género humano y este es el caso de los dueños de “Popeye”. “Popeye” es un cruce de pastor alemán con alguna otra raza indefinida. Es un perro grande y corpulento aunque sus dueños no parecen haberse dado cuenta de eso. A Popeye lo pasean tres personas: Un matrimonio y su vecino.

Antes de entrar de lleno en la anécdota, he de decir que Barney es un perro muy sociable y sumiso. Siempre tiene ganas de jugar con todos los perros. Su entretenimiento favorito es correr detrás de sus colegas. Puede llegar a coger unas velocidades vertiginosas. Es un espectáculo ver su cara de velocidad cuando galopa por el parque. A Barney sin embargo, no le gustan los juegos violentos. Si escucha gresca, huye. Si algún perro le ataca, se echa al suelo con la panza para arriba. Si le ladran, se pega unos sustos de órdago. Es muy curioso ver como levanta las orejas, echa las arrugas de la cara hacia atrás y tira a correr despavorido. La mayoría de la gente alucina con lo manso que es. Muchas veces me han dicho que es especialmente afable para ser un Shar Pei. De hecho, hay varios Shar Peis más en el parque pero ninguno de ellos tiene un carácter tan dócil como Barney. Incluso mi veterinaria me confesó un día que hasta conocer a mi Shar Pei, le tenía cierta manía a la raza.

En fin, a lo que íbamos. Cierto día, mi marido y yo observábamos como Barney se lo pasaba genial en el parque con el resto de sus compinches. En un momento determinado, llegó Popeye con el vecino paseador y Barney fue corriendo a saludarlo. El vecino se interpuso entre ambos y alejó a Barney a base de patadas y gritos. Mi marido, herido en su orgullo paterno, le preguntó si tenía algún problema con nuestro perro a lo que éste respondió con gritos histéricos “¿Es que no lo has visto? ¡Iba a atacar a mi perro! ¡¡¡¡Se le ha tirado encima como una fiera!!!” Mi marido y yo nos miramos con estupor. ¿Atacarlo? ¿Estaba hablando de Barney? ¿Del perro que siempre vuelve a casa con los mofletes llenos de mordiscos porque se deja hacer de todo? No dábamos crédito. Recogimos a nuestro perro e intentamos tranquilizar al hombre diciéndole que Barney sólo quería jugar. Por supuesto, él no nos creyó y se fue del parque con Popeye despidiéndose de nosotros con un repertorio de insultos que no reproduciré por respeto a la sensibilidad de los lectores de este blog.

Todo esto se hubiera quedado en una anécdota de no haber sido porque al cabo de un rato llegó la policia. Nuestro querido vecino les había alertado de que un perro peligroso y muy agresivo andaba suelto. Evidentemente, cuando las autoridades del estado conocieron a Barney se echaron a reír. “Pero bueno, ¿este es el perro agresivo? ¡Pero si es todo mollitas!”, decían mientras mi Sgar Pei les chupetaba las manos. Aunque aquello no fue a mayores, nos tocó bastante las narices.

Al cabo de varias semanas, mi marido, Barney y yo estábamos de nuevo en el parque. En esta ocasión, no habían más perros y mi Shar Pei se entretenía jugando con su pelota. En esas estábamos cuando Popeye llegó al parque, esta vez acompañado por el matrimonio. Al verlo, Barney salió en su encuentro muy contento. Según se acercaba a él, la mujer me gritaba como una loca “¡¡¡Coge a tu perro!!! ¡¡¡Que lo cojas!!!!” Popeye, dicho sea de paso, tanto en esta ocasión como en la anterior, también andaba sin correa. Aún así, obedecí ipso facto. Tengo claro cómo es mi perro y sé que no va a atacar a nadie pero supongo que cuando alguien se pone así es por algo. Quizás su perro sí que tuviera malas pulgas y la buena mujer no quisiera otra cosa que evitarle un mordisco al alma de cántaro de Barney.

Una vez hube atado a mi Shar Pei, la mujer empezó a despotricar. Decía que iba a llamar a la policía, que Barney era muy agresivo, que era de raza peligrosa, que debía ir siempre atado y con bozal y no sé cuantas sandeces más. Mi marido le dijo que antes de tomarse la libertad de hablar de esa manera, se informara. Le explicó que los Shar Peis no están catalogados como raza peligrosa y le invitó a preguntarle a cualquier habitual del parque sobre la agresividad de Barney.

La mujer no atendía a razones y cada vez estaba más exaltada. Su marido, en un acto de gallardía, salió en su defensa y se dirigió a nosotros y a nuestros muertos con muy malas formas. Ni corto ni perezoso, mi marido le respondió en un tono igual de afectuoso. La señora, ensimismada ante el coraje de su esposo, lo jaleaba con entusiasmo y yo podía notar como las piernas me temblaban debajo del abrigo. Algunos pensarán que soy una cobarde pero yo prefiero autodenominarme pacifista. Si ya de por sí, discutir no me entusiasma, hacerlo con gente así me parece una pérdida de tiempo absoluta. Te ofuscas, pasas un mal rato intentándoles hacer ver la realidad y al final ¿Qué consigues? ¡Nada! El que es tonto, es tonto y no tiene remedio. Entre tanto Barney, haciendo gala de su carácter violento, dormía plácidamente mientras esperaba a que los mayores resolviéramos nuestros asuntos.

Finalmente, conseguí hacerle ver a mi esposo que no merecía la pena seguir discutiendo y nos fuimos para casa. Yo estaba muy disgustada por el numerito que habíamos protagonizado y le dije a mi marido que aunque llevaba la razón en todo, rebajarse al nivel de este adorable matrimonio, le había hecho perderla. Él aprobó mi teoría y en un acto de caballerosidad, volvió a bajar al parque para disculparse por haberse excedido en las formas. No obstante, el matrimonio ya se había marchado.

Al día siguiente, quiso el azar que coincidiera con la mujer en el parque y empezamos a hablar calmadamente sobre lo acontecido. Supongo que después de la amistosa charla del día anterior, la señora se entretuvo en buscar en google un listado de razas peligrosas porque cada vez que yo le sacaba ese tema, ella se salía por la tangente. Parecía como si nunca hubiera hecho mención a la agresividad de Barney. De un día para otro ya no le preocupaba que mi Shar Pei fuera sin bozal sino que a su anciano perro le diera un infarto si se le acercaba otro perro. Mientras observaba como Popeye jugaba alegremente con los demás chuchillos, yo escuchaba ojiplática a su dueña. Aún así, le pedí disculpas en nombre de mi marido y en el mío propio (pese a que yo les traté con el máximo respeto en todo momento) por las formas de la noche anterior. Ella aceptó mis disculpas pero si pensáis que pidió perdón por las barbaridades e insultos que tanto ella como su marido nos procesaron la noche de antes estáis muy equivocados. Ya os he dicho antes que la tontuna no la curan los médicos.

Pese a que todo quedó ahí, os confieso que vivo con miedo a cruzármelos de nuevo y que les de otro brote psicótico de los suyos. Y es que en los parques de perros deberían poner carteles que advirtieran: “Cuidado: Dueños sueltos”

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No me tengáis en cuenta el desorden…

Hacía bastante tiempo que Barney sólo pisaba la clínica veterinaria para que revisaran sus ojitos. Estábamos muy contentos porque no han vuelto a presentar úlceras y cada día están más abiertos y lagrimean menos. Para mi regocijo, el pupas de mi Shar Pei últimamente parecía un Miura; corría más rápido, estaba más fuerte y se mostraba mucho más espabilado. No sé si a Barney tanta paz le resultará aburrida pero el caso es que nos ha durado muy poco.

 

Ayer mi pequeñajo estaba un poco cabizbajo. Apenas comió en todo el día y se movía muy despacio. Cuando le miraba me parecía estar viendo una película a cámara lenta. No tenía ganas de jugar ni me seguía por la casa como suele hacer. Alertada por este comportamiento, le tomé la temperatura y resultó tener un poco de fiebre. Como apenas eran unas décimas no le di mucha importancia. El calor en Valencia está siendo sofocante y deja rendido hasta al más pintao así que opté por mantenerle fresquito y dejarle tranquilo para ver cómo evolucionaba. Durante toda la tarde su temperatura se mantuvo estable y aunque se le notaba pachucho, se apreciaba una ligera mejoría. Se asomaba a la ventana a alcahuetear como de costumbre e incluso jugueteo un poco con su pelota favorita. Estaba casi convencida de que cuando se despertara a la mañana siguiente se mostraría tan vivaracho como siempre. Sin embargo, cuando mi marido volvió a casa a última hora de la tarde, ocurrió algo que me dejó perpleja.

Estaba yo recibiéndole en la entradita cuando escuchamos la sonora respiración de Barney a nuestras espaldas. Al girarnos, pudimos ver como movía su rabito desde el otro lado del pasillo apoyado sólo sobre tres de sus patas. El pobre, mantenía una de las patas traseras completamente en el aire incluso para avanzar. Siendo sincera, me dio bastante impresión verlo así. Le palpamos la pata y no apreciamos ninguna rotura. Aún así, era evidente que le hacía mucho daño. No podía ni sentarse, ni tumbarse con normalidad. Gruñía de dolor intentando acomodarse. Daba verdadera lástima.  Le hubiera llevado a la clínica en ese mismo momento pero a esas horas ya estaba cerrada. Mi marido y yo pensamos en ir a urgencias pero, muy a nuestro pesar, en estos momentos se nos hace literalmente imposible pagar un servicio de este tipo así que llamé a la clínica poco menos que suplicando ayuda. La doctora se resistió a decirme nada por teléfono pero ante mi insistencia, finalmente me aconsejó como medicarle hasta que pudiera acudir a la consulta de nuestro veterinario.

Esta mañana, Barney ya no tenía fiebre pero seguía alícaído y un poco cojo. Hemos ido a la consulta a primerísima hora y tras palparle con detenimiento, la veterinaria nos ha dicho que los ganglios de ambas patas traseras están muy inflamados. Según nos ha explicado la doctora, esta inflamación puede deberse a varios motivos, desde a una simple infección por la picadura de una garrapata, hasta algo autoinmune, pasando por enfermedades gravísimas como la leishmaniasis. Cuando la doctora me ha dado esa posibilidad se me ha hecho un nudo en la garganta. Me he ocupado mucho de proteger a mi pequeño de esa fatal enfermedad. Barney lleva el famoso Scalibor y cada mes le pongo una pipeta repelente. La veterinaria dice que cuando actúa la ley de Murphy da igual cuanto lo protejas… Si le toca, le toca. Intento ni pensar en esa probabilidad pero sólo saber que existe, me atormenta.

Barney ha salido de la consulta con tres pinchazos en el lomo: Un antinflamatorio, vítamina B y un antibiótico. La doctora nos ha pedido que mañana le volvamos a llevar para ver qué tal ha respondido al tratamiento. Dice que si no apreciamos mejoría, le harán un análisis de sangre para poder diagnosticar. Francamente, estoy muy preocupada pues aunque no cojea tanto como hace unas horas, sigue como un alma en pena. Mejore o no, mañana solicitaré las analíticas para descartar problemas serios y quedarme más tranquila. Ya veremos cómo las pagamos…
Desde luego, si antes de vivir con Barney me hubieran dicho que llegaría a preocuparme tanto por un perro no me lo hubiera creído. Hay veces que pienso que yo le necesito más a él de lo que él puede necesitarme a mi.

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Me ha hecho mucha gracia descubrir
que hay una película titulada así

Hacía varias semanas que Barney y yo no nos pasábamos por aquí. La verdad es que durante todo este tiempo hemos estado bastante ocupados, sobre todo Barney que está sumido en la ardua labor de pulir la técnica de levantar la pata. La cosa no es tan fácil como parece. Cuando cree que lo tiene completamente dominado…¡ Ups! Levanta la pata delantera en lugar de la trasera o, lo que es peor, la que queda a mi lado en lugar de junto al árbol. A mi pequeño todavía le queda mucho por aprender pero viendo el empeño que le pone, confío en que pronto se convertirá en un experto en la materia.


Su conducta durante el paseo ha cambiado mucho últimamente. Antes de ponerse a jugar, se entretiene oliendo uno a uno los árboles árboles del parque y deja en todos ellos su tarjeta de visita. Además, está siempre muy atento a que ningún otro macho los marque. Si alguno osa a hacerlo, corre apresuradamente y mea en él de nuevo, reafirmando que es suyo.

Curiosamente, sólo adopta esta conducta tan territorial cuando paseamos por nuestro barrio. Fuera de nuestros dominios no se pone tan gallito y prefiere hacer pipí a cuatro patas como cuando era un cachorro  y es que, aunque el se crea que es mayor, sigue siendo un enano

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Poco antes de que me independizara, mi madre compró una preciosa hembra de Pastor Belga. Era una cachorra estupenda, muy cariñosa, juguetona y obediente. Petra fue el primer perro que entró en mi casa y debido a la falta de experiencia, cometimos varios errores a la hora de educarla. Fuimos demasiado permisivos con ella cuando era pequeña y esto derivó en ciertos comportamientos poco deseables. Cuando entramos o salimos de casa se pone a ladrar y a brincar como una loca, estira durante el paseo y siempre anda mendigando comida. Al margen de estos detalles, es una perra formidable. Siempre ha tenido un carácter muy dulce y sereno. Aguanta estoicamente que mi hermano de cuatro años se suba en su lomo, le pegue golpes y le haga mil y una perrerías. Es extremadamente mimosa y no sólo con las personas, de quiénes siempre anda buscando caricias. Por extraño que parezca, he visto a Petra besar en el pico a un enorme guacamayo y acicalar a lametazos a una coneja.


El día que llevé a Barney por primera vez a casa de mi madre estaba entusiasmada. Tenía muchas ganas de que mi cachorro y la buenaza de Petra se conocieran. Estaba segura de que iban a hacer muy buenas migas ya que ambos son muy sociables y amantes del juego. A Barney le encantó la preciosa pastorcita. Nada más verla quiso jugar con ella. Sin embargo a Petra no le gustó en absoluto mi arrugado Shar Pei. Huía de él como alma que lleva el diablo e incluso llegó a enseñarle los dientes. Aquello me desconcertó muchísimo pues en siete años no había visto a Petra comportarse así con ningún otro perro. No se le veía agresiva sino más bien aterrorizada.

Mi marido y yo les llevamos a los dos de paseo intentando un acercamiento. No fue del todo mal. Se respetaron durante todo el trayecto e incluso hubo un besito entre ellos. Pensábamos que después de aquel ejercicio podrían compartir en armonía la misma habitación pero en cuanto regresamos a casa, Petra subió veloz las escaleras huyendo de Barney. Hemos llevado a nuestro Cabeza Buque a casa de mi madre en un par de ocasiones más pero no hemos conseguido que Petra confíe en él.

Mañana vamos de comida familiar al campo. Por supuesto, nos acompañarán Barney, Petra y Trotta, la Bichón Maltés de mi tía que es un auténtico polvorín. Espero que el ambiente campestre sirva para limar asperezas entre ellos y que todos disfrutemos de una agradable jornada. Ya os contaré como se nos da el día y subiré fotos de tan distinguido evento.

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Como estaba previsto, esta mañana Barney y yo hemos ido a revisión.  Tal y como hicieron el otro día, le han vuelto a teñir los ojos con fluoristeína para apreciar el estado de la lesión.  Por lo visto, entre las grapas y el tratamiento ha mejorado mucho.  La úlcera está cicatrizando y si todo marcha en bien en pocos días desaparecerá por completo.  De momento, debemos seguir con las gotitas durante una semana más y acudir de nuevo a la consulta el próximo miércoles.

Sobre el tema de la comida no le he comentado nada porque desde que ha vuelto a bajar al parque, su insaciable apetito y su buen humor han reaparecido como por arte de magia.  Me resulta increíble que toda aquella inapetencia se debiera más a un tema emocional  que físico pero parece evidente que lo único que le ocurría era que estaba tristón porque echaba de menos a sus peludos amigos.  Desde luego, si hay una característica de la raza que mi Shar Pei no cumple es su carácter independiente.  Barney es un perro súper sociable.  Le encanta jugar con sus congéneres.  Le da igual que sean machos o hembras, jóvenes o adultos, grandes o pequeños, todos le valen mientras que sean capaces de hacerle correr hasta terminar en este estado.

Estoy súper contenta de que todos los problemillas que le han ido surgiendo últimamente se estén solucionando.  Nunca antes había tenido un perro y jamás me hubiera podido imaginar lo que se puede llegar a padecer por ellos.  No dejo de sorprenderme con los sentimientos que hace aflorar en mi este arrugado sinvergüenza.
Pasteladas a parte, antes de terminar la entrada me gustaría contarte algo más que ha sucedido hoy en la consulta. Resulta que hace unos días había apreciado un granito blanco en el morro inferior de Barney y le he preguntado a la doctora por él.  Pues bien, me ha explicado que se trataba de una espinilla propia de la pubertad.  ¡Ay, Dios! ¡Mi tierno cachorrito tiene acné juvenil! Se está haciendo mayor por días…

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Hoy trataré un tema sobre el que llevaba varios días queriendo hablar pero que me he resistido a tocar hasta ahora un poco por pudor, un poco por mala conciencia: El día que compré a Barney.

Nunca olvidaré la primera vez que vi un Shar Pei. Se trataba de un macho color chocolate que, tranquilo, acompañaba a su amo mientras éste desayunaba en una cafetería. Quedé cautivada ante su porte atlético y su serena mirada. Me gustó tanto, que no pude resistirme a pedirle a su dueño que me dejara acariciarlo, cosa muy poco habitual en mi. Desde ese mismo momento supe que si alguna vez tenía un perro sería un Shar Pei y empecé a informarme sobre ellos. Cuantas más cosas descubría de esta raza más convencida estaba de que se trataba del compañero perfecto para mi. No obstante, pasaron varios años hasta que se dieron las circunstancias apropiadas para poder darle a un cachorro todas las atenciones que requiere.

Cuando a finales del año pasado, mi marido y yo nos decidimos definitivamente a adquirir un cachorro consultamos cientos de anuncios en Internet en los que se ofrecían camadas hasta dar con este:

SHARPEI machos en venta sharpei machos por 390, pueden venir a verlos personalmente,,,,,,,,,,,,,,,,, VALENCIA Publicado:21-12-2010 12:15:23.

(Sí, si el de la foto es Barney!)

Nos llamaron la atención dos cosas que nos llevaron a contactar con el anunciante: El precio (prácticamente la mitad de lo que habíamos visto hasta el momento) y la localización (todos los criaderos que conocíamos estaban muy lejos de nuestra ciudad). Les enviamos un correo pidiéndoles información sobre las garantías de los cachorros y nos contestaron lo siguiente (copio y pego)

hola las garantias son 15 dias viricas y 6 meses congenitas , microchip,vacunas,cartilla,desparasitados,factura de compra estoy en la provincia de castellon si quieres venir a verlos llamame al xxxxxxxxx.saludos.

Así que llamé y me indicaron que eran criadores especializados. La chica que me atendió me transmitió total confianza y me invitó a ver a los cachorros sin compromiso. Tras consultarlo con mi marido nos decidimos a visitarlos. Llamé a la chica otra vez quién me dio las señas exactas del criadero que, para mi sorpresa, resultó estar situado en un pueblo de Tarragona. Increíble, en el anuncio estaba en Valencia, en el correo en Castellón y en el mapa en Tarragona…

Llegó la fecha acordada y mi marido y yo subimos al coche con el dinero preparado, una camita para nuestro nuevo compañero y un montón de ilusiones. Cuando llegamos, nos desconcertó un poco la imagen del sitio. Me recordó a la granja donde mi abuelo tenía al ganado cuando yo era pequeña pero como no había visto ningún otro criadero hasta entonces, pensé que sería lo normal. Llamamos a la puerta y no nos abrió nadie. Sabíamos que había gente porque se escuchaba música y voces así que llamamos de nuevo a la chica por teléfono. Nos dijo que ella no había podido ir pero que su jefe estaba limpiando por ahí, que insistiéramos y seguro que nos abría. Insistimos, insistimos e insistimos pero ahí no abría nadie. Estábamos ya apunto de volvernos a Valencia con nuestro dinero, nuestra camita y nuestras ilusiones cuando quiso el azar que el tal jefe, saliera a la calle a mear justo enfrente de nosotros. Ante nuestra presencia, se guardó la pinga y nos saludó con efusividad.

El chico resultó ser un muchacho del este que a penas hablaba castellano. Nos invitó a pasar a una salita destartalada con un par de sofás y un ordenador y le pidió a un compañero en un idioma inteligible que nos mostrara a los cachorros. Al poco apareció el otro muchacho con Barney en una mano y otro hermoso Shar Pei, mucho más gordito y arrugado en la otra. Me deshice. Empecé a abasallar al jefe con las típicas preguntas que se hacen en estos casos pero a penas me entendía. Por un instante la mirada de mi marido y la mía se cruzaron y estuvimos apunto de salir huyendo. Aquel ambiente tan rancio no era para nada lo que habíamos imaginado y excepto aquellos dos adorables cachorritos que metieron con nosotros en aquella sala no vimos ningún otro perro en ningún momento. El chaval debió adivinar nuestras intenciones y se apresuró a posar a Barney en los brazos de mi marido. Su mirada espantada se llenó de ternura cuando comenzó a lamerle la cara. “Nos lo llevamos, qué carajo”

Le entregué al muchacho el dinero y a cambio me dio a mi cachorro, un pasaporte de la República Eslovaca (que se afanó en explicarme que era totalmente válido) dónde se indicaba que tenía todas las vacunas, el certificado del microchip, un albarán de compra y un par de raciones de pienso. Me informó de que en un par de días recibiría el resto de documentación por correo y nos despidió sin ni siquiera darle una caricia de despedida a Barney.

La documentación nunca llegó. Llamé varias veces a la chica reclamándosela hasta darlo por una guerra perdida. Busqué información a cerca del criadero en Internet y no encontré nada más que anuncios similares al que os he mostrado y un comentario en un foro de una muchacha que había tenido problemas con ellos.

>Cuando llevé a Barney al veterinario me hicieron hacerle un pasaporte español y no sólo eso, también tuve que cumplimentar un impreso específico para perros que vienen de países del este (casi 60€) y revacunarlo de la rabia. Desde luego lo que creí ahorrarme en un principio lo terminé pagando en trámites burocráticos.

>Aunque en un inicio quise hacer una compra responsable, no tardé en darme cuenta de que había contribuido a alimentar a una mafia que trafica con animales indefensos. Con esta entrada, lo único que pretendo es recomendaros que no cometáis el mismo error que cometí yo. Jamás volvería a comprar un cachorro en un sitio que no me transmitiera absoluta confianza.

No me siento nada orgullosa de haber adquirido a mi cachorro en esas circunstancias pero mentiría si dijese que no me reconforta verlo tan feliz en casa. Ahora, cuando le riño suelo decirle “Barney, o te portas bien o te llevo con los eslovacos”

 

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Como ya te he contado en alguna ocasión, los paseos con Barney son una auténtica Odisea.  Le llama la atención a casi todo el mundo y nos van parando cada dos por tres.  La mayoría de la gente se dirige a él con frases del tipo “Que bonico”, “Que gracioso”, “Pero que cosita más mona”…  Tanto Barney como yo agradecemos mucho estas palabras, dulces y cariñosas dónde las haya, pero siendo francos tenemos que reconocer que, como piropos, son poco originales. No obstante y para mi regocijo siempre hay gente ingeniosa que me sorprende con comentarios de lo más elocuentes.  En esta entrada quiero recopilar algunas de estas genialidades.  Prometo ir ampliándola según nos vayamos topando con otros eruditos.
-Es un Bulldog muy majo (Señor con poca idea pero con mucha gracia)
-Tienes que hacerle una foto con una pipa en la boca (Señor en bici)

-¿Cómo se llama? (Niña pija)

-Barney (Yo)
-¡Ah! Pues yo le había puesto Moflos, (Niña pija)
-Pues no (Yo)
-¡Ayyyyyyyy! ¡¡Un cerdito vietnamita!! (Señora emperifollada)
-Ese perro tiene que ir con bozal, que es peligroso y muerde (Especialista en la materia)
-Seguro que tú muerdes más (Mi marido)
-¿No tiene ojos? (Chica joven y aparentemente normal)
-Mira ese perro, es feo, feo pero que muy feo (Señor “guapísimo”)
-Oye, recoge la mierda de tu perro (Abuelo cascarrabias)
-Disculpe caballero, pero esa caca no es de mi perro. (Yo)
-¡Será guarra la tía! (Abuelo cascarrabias)

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Hoy se cumple una semana desde que publiqué mi primera entrada en el blog y quiero compartir con vosotros un dato que me llena de alegría: Durante estos siete primeros días hemos recibido más de 400 visitas desde 10 países diferentes.
Cuando me decidí a publicar en Internet las peripecias de mi cachorro no podía ni imaginar que éstas pudieran llegar a tanta gente. Es una delicia para mi saber que cada vez que escribo una entrada estoy compartiendo con un montón de personas los buenos ratos que paso junto a Barney 
Muchísimas gracias a todos los que visitáis la página y muy especialmente a todos aquellos que participáis en ella ayudándome con vuestras opiniones a hacer de este sitio un rincón más acogedor.
Almudena