grano Archivos - Mi Shar Pei

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“¡Ohhh! ¡Que monada!” Exclamaba esta mañana una chica al cruzarse con mi Shar Pei. Enternecida, se ha agachado para acariciarle. Barney todavía zarandeaba alegremente su rabo cuando un estremecedor chillido ha roto la dulzura del momento. “¡Arggg! ¡Que asco por Dios!” Barney, miraba a la joven extrañado ladeando la cabeza. Yo también observaba, sin entender nada, como huía despavorida calle abajo. Cuando la he perdido de vista, he mirado a Barney intentando encontrar en su arrugada carita el por qué de tal extraña actitud. Mi peludo compañero, me observaba con esa abierta sonrisa que siempre nos acompaña durante los paseos. Cuando he visto su enorme boca abierta de par en par, lo he entendido todo.


No os había contado que desde hace varios meses mi familia ya no se compone de dos humanos y un perro sino que ha aumentado con un miembro más. Ahora somos dos humanos, un perro y un papiloma enorme. Reconozco que este nuevo pariente es más bien feo y entiendo que a la chica le haya dado un poco de repelús conocerlo aunque sigo pensando que su reacción ha sido un tanto desmesurada. 

Los papilomas son tumores benignos que aparecen en la piel. Su aspecto es francamente desagradable. Se trata de una especie de granos grisáceos que se agrupan formando algo parecido a una coliflor. Pueden aparecer en cualquier parte del cuerpo del perro pero lo más habitual es que se presenten en zonas húmedas y gelatinosas. Barney, por ejemplo, tiene el suyo en el labio inferior. Cuando tiene la boca cerrada no se ve pero cuando la abre….
Todo empezó con un par de granitos diminutos que poco a poco se fueron multiplicando y aumentando de tamaño hasta llegar alcanzar dimensiones inimaginables. Los papilomas no son perjudiciales para la salud aunque, dependiendo de dónde aparezcan, pueden resultar molestos. Con el de Barney tengo un problema. Resulta que cuando juega a lo bruto le suele terminar sangrando y pone perdidos a los otros perros. En una ocasión, una señora casi me pega porque pensaba que mi perro había desangrado al suyo.

Normalmente, los papilomas desaparecen solos pero si no es así pueden extirparse mediante una sencilla intervención quirúrgica. Para evitarle una anestesia, hemos decidido quitárselo el mismo día en el que le operen de entropión. Hace siglos que no me hago un chequeo médico y me estoy planteando hacerle dos operaciones de cirugía estética a mi perro… Sospecho que estoy perdiendo el juicio.

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A veces pienso que si un estudiante de veterinaria dedicase su proyecto de fin de carrera a Barney, podría licenciarse con matrícula de honor. La última sorpresita que me ha dado mi cachorro ha sido estremecedora. 

Todo sucedió el lunes por la tarde. Cuando me dispuse a ponerle las gotas con las que estamos tratando sus ojos me di cuenta de que el moflete izquierdo de Barney estaba muy hinchado. Parecía que tuviera paperas. Le rocé con suavidad la mejilla y me asombré al descubrir que estaba dura como una piedra. Debía dolerle muchísimo porque ante la caricia huyó despavorido hacia el recibidor. Salí en su búsqueda para observar qué le ocurría. Tras arduas negociaciones, mi cachorro accedió a dejarme examinar su moflete a cambio de un trozo de jamón york.
Explorando su mejilla descubrí con estupor que sólo se trataba de un grano, pero no de un grano cualquiera sino del padre de todos los granos de la galaxia. Era impresionante. Ni en todos mis años de instituto había visto algo así. Lo normal hubiera sido dejar pasar el tiempo hasta que la espinilla se hubiese secado por si sola pero aquel grano era de todo menos normal. Había reventado por tres puntos diferentes y supuraba pus a borbotones. Si da repelús leerlo ni os imagináis la aprensión que sentí yo al verlo y sobre todo, al olerlo. Ante tal panorama, me hubiera encantado volatilizarme pero hay veces en las que una mujer tiene que hacer lo que tiene que hacer y en esta ocasión me tocó tragarme los escrúpulos en favor de mi cachorro.
Apreté ese enorme grano para que saliera toda la pus. Barney presentaba una resistencia impropia en él. Yo intentaba tranquilizarlo mientras procuraba vaciar el grano completamente. La pus no dejaba de emanar por más y más que presionaba. Era repugnante pero finalmente, cuando mi estómago ya estaba del revés, cesó de fluir aquel líquido pestilente. Barney suspiró y yo suspiré. Limpié la herida con agua oxigenada y gasas estériles hasta que ésta dejó de espumear y para terminar le puse un poco de yodo.
Concluída la operación confirmé dos cosas: Que su cara seguía igual de hinchada y que la sanidad no es mi vocación. Afortunadamente y pese al hinchazón, Barney ya no se quejaba cuando le tocaba la mejilla por lo que supuse que después de todo no había ido tan mal. Pasadas un par de horas la inflamación bajó casi por completo. Barney se pasó todo el resto de la tarde durmiendo a pierna suelta.  Después de una maniobra de tal calibre cualquiera hubiera terminado agotado.