Historias Archivos - Mi Shar Pei

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Hace ya mucho que no entro por aquí y os aseguro que no es por falta de ganas sino más bien por falta de tiempo.  La voracidad del día a día me absorbe y me resulta casi imposible encontrar un hueco para sentarme tranquilamente frente al ordenador y hablaros de Barney y de sus peripecias.

Hoy, por fin he encontrado el momento y la verdad es que no sé ni por dónde empezar.  He releído algunos posts antiguos y me parece que haya pasado una eternidad desde entonces.  Barney ya no es para nada el cachorro del que os hablaba hace un par de años y que me daba mil quebraderos de cabeza con sus papilomas y sus anginas.  Mi Shar Pei es ahora un perro fuerte y sano aunque eso sí, sigue padeciendo con sus ojitos y al final me he decidido a operarlo de entropión cuando pase el verano.  Os mantendré informados XD.

Pero en fin a lo que iba…  Me sorprende mucho al releer el blog lo mucho que Barney ha cambiado en apenas un año.   Mantiene muchos rasgos de su personalidad intactos desde que era un cachorro pero ha cambiado otros según ha ido pasando el tiempo.  Supongo que, como las personas, los SharPeis también maduran.

Mi pequeño sigue siendo un perro tranquilo y cariñoso.  Le encanta que lo acaricie y frotar su cabeza contra mis piernas mientras ronronea como un gato en muestra de afecto.  Poco a poco nos hemos ido conociendo y comprendiendo de una forma muy natural.  Es muy listo.  Entiende un montón de cosas, conoce y respeta las normas y nos hace caso en todo aunque sea a regañadientes.   Es muy gracioso verle tumbarse de golpe frente a la ventana mientras deja clara su resignación con un fuerte resoplido cuando él quiere jugar y le decimos que nos deje tranquilitos ver la tele por las noches.

Donde más ha cambiado su forma de comportarse es en la calle.  Antes le encantaba pasarse horas en el parque jugando con otros perros.  Le daba igual que le gruñeran o le mordieran, él insistía e insistía hasta que los demás perros se hacían amigos suyos aunque fuera por pesado.  A mi esto me resultaba muy curioso ya que estaba harta de leer que esta raza se caracterizaba por su independecia y creía que realmente, mi Shar Pei era singular en este aspecto pero no,  simplemente era muy pequeño todavía.

Ahora va a su bola.  Saluda y tal pero no intima con nadie. Prefiere pasarse las horas escarbando el suelo en busca de piedras aunque confieso que en alguna ocasión ha conseguido tesoros más valiosos: Bocas de riego para ser más exactos…  Espero que el concejal de urbanismo no llegue nunca a este post.

Aún así, Barney conserva sus amigos íntimos: Eco, un Shar Pei con el que curiosamente sigue jugando como cuando era un cachorro y Dina, su sobrinita postiza a la que defiende a base de ladridos cuando otro perro le molesta.  Me resulta muy curioso verlo en ese papel protector porque hasta hace muy poco, nunca le había escuchado ladrar de “mal rollo” a nadie.

¿Y vosotros?  ¿También habéis notado cambios en el carácter de vuestros Peis con el paso del tiempo?

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10 2202

Queridos amigos

Tras varias semanas sin pasarme por aquí, me decido al fin a escribir un nuevo post. En esta ocasión os hablaré de algo que jamás había contemplado antes de decidirme a compartir mi vida con un Shar Pei pero que, sin duda, tendré muy en cuenta si en un futuro vuelvo a plantearme ampliar la familia con otro perro.

Tener un Shar Pei es una experiencia maravillosa. Alegran tus días más grises sin ni siquiera proponérselo. Verlos pasear y disfrutar jugando en el parque con sus congéneres sería en sí toda una delicia sino fuera por un pequeño detalle: Esos congéneres tienen dueños. Sé que resulta una obviedad pero el tema tiene mas enjundia de lo que puede parecer a simple vista.

Si todavía estás planteándote compartir tu vida con un Shar Pei, te recomiendo que leas este post. En otras páginas de Internet podrás encontrar mucha información sobre la alimentación y cuidados que requieren estos arrugaditos pero sólo aquí te advertiremos sobre el peligro que suponen los dueños de los otros perros.

A lo tonto a lo tonto ya hace casi un año que Barney llegó a mi vida o, dicho de otro modo, ya hace casi un año que empecé mi propio periodo de socialización. Pese a no ser demasiado extrovertida, con la llegada de Barney tuve que acostumbrarme a tratar con otras personas que sacaban a jugar a sus perrillos al mismo parque. Vaya por delante, que la mayoría de ellas son muy agradables y educadas pero siempre hay excepciones que te hacen recordar aquello de “Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”.

He de decir en honor a la verdad, que no he sido consciente del peligro que suponen algunos dueños hasta hace relativamente muy poco tiempo. Hasta hace unas semanas, mi relación con los papás de los demás chuchillos era un remanso de paz y armonía. Incluso reconozco que sentía cierta ilusión al encontrarme en el parque con algunos de ellos.

Me gustaba, por ejemplo, coincidir con una chica a la que llamaremos “M” que padece de incontinencia verbal. Esta muchacha es muy divertida pues no necesita conocerte de nada para contarte la vida. Os podría explicar cualquier cosa sobre ella pues no hay tema que le resulte lo suficientemente pudoroso como para no tratarlo con cualquiera. Además, “M” tiene la inquietante habilidad de retomar sus monólogos por el mismo punto en el que los deja aunque pasen varios días sin que la veas. Lo más peculiar de esta chica es que ella no tiene perro pero es tal pasión la que siente por los animales que baja todos los días, mañana, tarde y noche, a saludarlos y pasar un rato con ellos. Os juro que los conoce a todos por el nombre y en total deben haber más cien. Ruego que os abstengáis de hacer cualquier comentario o diagnóstico referente a “M” pues repito que a mí me cae muy bien.

También me gustaba mucho coincidir con una especie de rockabilly del siglo XXI que me tiraba los tejos con descaro todas las mañanas. Pasear al perro con él era un chute de autoestima. Yo le advertí desde el primer día que estaba casada pero él no debió creerme pues me rondaba día tras día hasta que llegó cierta mañana en la que mi marido bajó al parque y él se volatilizó como por arte de magia. Nunca más lo he vuelto a ver.

Por desgracia, no todos los dueños (o no dueños como “M”) son tan agradables. Siempre hay gente que te hace replantearte la inteligencia del género humano y este es el caso de los dueños de “Popeye”. “Popeye” es un cruce de pastor alemán con alguna otra raza indefinida. Es un perro grande y corpulento aunque sus dueños no parecen haberse dado cuenta de eso. A Popeye lo pasean tres personas: Un matrimonio y su vecino.

Antes de entrar de lleno en la anécdota, he de decir que Barney es un perro muy sociable y sumiso. Siempre tiene ganas de jugar con todos los perros. Su entretenimiento favorito es correr detrás de sus colegas. Puede llegar a coger unas velocidades vertiginosas. Es un espectáculo ver su cara de velocidad cuando galopa por el parque. A Barney sin embargo, no le gustan los juegos violentos. Si escucha gresca, huye. Si algún perro le ataca, se echa al suelo con la panza para arriba. Si le ladran, se pega unos sustos de órdago. Es muy curioso ver como levanta las orejas, echa las arrugas de la cara hacia atrás y tira a correr despavorido. La mayoría de la gente alucina con lo manso que es. Muchas veces me han dicho que es especialmente afable para ser un Shar Pei. De hecho, hay varios Shar Peis más en el parque pero ninguno de ellos tiene un carácter tan dócil como Barney. Incluso mi veterinaria me confesó un día que hasta conocer a mi Shar Pei, le tenía cierta manía a la raza.

En fin, a lo que íbamos. Cierto día, mi marido y yo observábamos como Barney se lo pasaba genial en el parque con el resto de sus compinches. En un momento determinado, llegó Popeye con el vecino paseador y Barney fue corriendo a saludarlo. El vecino se interpuso entre ambos y alejó a Barney a base de patadas y gritos. Mi marido, herido en su orgullo paterno, le preguntó si tenía algún problema con nuestro perro a lo que éste respondió con gritos histéricos “¿Es que no lo has visto? ¡Iba a atacar a mi perro! ¡¡¡¡Se le ha tirado encima como una fiera!!!” Mi marido y yo nos miramos con estupor. ¿Atacarlo? ¿Estaba hablando de Barney? ¿Del perro que siempre vuelve a casa con los mofletes llenos de mordiscos porque se deja hacer de todo? No dábamos crédito. Recogimos a nuestro perro e intentamos tranquilizar al hombre diciéndole que Barney sólo quería jugar. Por supuesto, él no nos creyó y se fue del parque con Popeye despidiéndose de nosotros con un repertorio de insultos que no reproduciré por respeto a la sensibilidad de los lectores de este blog.

Todo esto se hubiera quedado en una anécdota de no haber sido porque al cabo de un rato llegó la policia. Nuestro querido vecino les había alertado de que un perro peligroso y muy agresivo andaba suelto. Evidentemente, cuando las autoridades del estado conocieron a Barney se echaron a reír. “Pero bueno, ¿este es el perro agresivo? ¡Pero si es todo mollitas!”, decían mientras mi Sgar Pei les chupetaba las manos. Aunque aquello no fue a mayores, nos tocó bastante las narices.

Al cabo de varias semanas, mi marido, Barney y yo estábamos de nuevo en el parque. En esta ocasión, no habían más perros y mi Shar Pei se entretenía jugando con su pelota. En esas estábamos cuando Popeye llegó al parque, esta vez acompañado por el matrimonio. Al verlo, Barney salió en su encuentro muy contento. Según se acercaba a él, la mujer me gritaba como una loca “¡¡¡Coge a tu perro!!! ¡¡¡Que lo cojas!!!!” Popeye, dicho sea de paso, tanto en esta ocasión como en la anterior, también andaba sin correa. Aún así, obedecí ipso facto. Tengo claro cómo es mi perro y sé que no va a atacar a nadie pero supongo que cuando alguien se pone así es por algo. Quizás su perro sí que tuviera malas pulgas y la buena mujer no quisiera otra cosa que evitarle un mordisco al alma de cántaro de Barney.

Una vez hube atado a mi Shar Pei, la mujer empezó a despotricar. Decía que iba a llamar a la policía, que Barney era muy agresivo, que era de raza peligrosa, que debía ir siempre atado y con bozal y no sé cuantas sandeces más. Mi marido le dijo que antes de tomarse la libertad de hablar de esa manera, se informara. Le explicó que los Shar Peis no están catalogados como raza peligrosa y le invitó a preguntarle a cualquier habitual del parque sobre la agresividad de Barney.

La mujer no atendía a razones y cada vez estaba más exaltada. Su marido, en un acto de gallardía, salió en su defensa y se dirigió a nosotros y a nuestros muertos con muy malas formas. Ni corto ni perezoso, mi marido le respondió en un tono igual de afectuoso. La señora, ensimismada ante el coraje de su esposo, lo jaleaba con entusiasmo y yo podía notar como las piernas me temblaban debajo del abrigo. Algunos pensarán que soy una cobarde pero yo prefiero autodenominarme pacifista. Si ya de por sí, discutir no me entusiasma, hacerlo con gente así me parece una pérdida de tiempo absoluta. Te ofuscas, pasas un mal rato intentándoles hacer ver la realidad y al final ¿Qué consigues? ¡Nada! El que es tonto, es tonto y no tiene remedio. Entre tanto Barney, haciendo gala de su carácter violento, dormía plácidamente mientras esperaba a que los mayores resolviéramos nuestros asuntos.

Finalmente, conseguí hacerle ver a mi esposo que no merecía la pena seguir discutiendo y nos fuimos para casa. Yo estaba muy disgustada por el numerito que habíamos protagonizado y le dije a mi marido que aunque llevaba la razón en todo, rebajarse al nivel de este adorable matrimonio, le había hecho perderla. Él aprobó mi teoría y en un acto de caballerosidad, volvió a bajar al parque para disculparse por haberse excedido en las formas. No obstante, el matrimonio ya se había marchado.

Al día siguiente, quiso el azar que coincidiera con la mujer en el parque y empezamos a hablar calmadamente sobre lo acontecido. Supongo que después de la amistosa charla del día anterior, la señora se entretuvo en buscar en google un listado de razas peligrosas porque cada vez que yo le sacaba ese tema, ella se salía por la tangente. Parecía como si nunca hubiera hecho mención a la agresividad de Barney. De un día para otro ya no le preocupaba que mi Shar Pei fuera sin bozal sino que a su anciano perro le diera un infarto si se le acercaba otro perro. Mientras observaba como Popeye jugaba alegremente con los demás chuchillos, yo escuchaba ojiplática a su dueña. Aún así, le pedí disculpas en nombre de mi marido y en el mío propio (pese a que yo les traté con el máximo respeto en todo momento) por las formas de la noche anterior. Ella aceptó mis disculpas pero si pensáis que pidió perdón por las barbaridades e insultos que tanto ella como su marido nos procesaron la noche de antes estáis muy equivocados. Ya os he dicho antes que la tontuna no la curan los médicos.

Pese a que todo quedó ahí, os confieso que vivo con miedo a cruzármelos de nuevo y que les de otro brote psicótico de los suyos. Y es que en los parques de perros deberían poner carteles que advirtieran: “Cuidado: Dueños sueltos”