Anécdotas Archivos - Mi Shar Pei

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Buenas noches amigos de la nave del misterio

En el post de hoy quiero compartir con vosotros una experiencia escalofriante que hemos vivido junto a Barney durante nuestras vacaciones.

Todos hemos escuchado hablar alguna vez sobre el sexto sentido de los perros. Se narran innumerables historias sobre animales que han predicho la muerte de sus amos, detectado las malas intenciones de persones aparentemente cordiales y demás aventuras, como mínimo, inquietantes.
¿Fenómenos paranormales? ¿Sentidos extremadamente desarrollados? ¡Quién sabe! Sea como sea, parece que a veces nuestros peludos detectan cosas imperceptibles para nosotros.

Precisamente, mi marido y yo andábamos hablando sobre la falta de instinto de Barney cuando paseábamos aquella calurosa noche junto a nuestro pequeño. Y es que, no nos vamos a engañar, Barney es un sol pero a veces es un poco tontorrón. Le tiran a morder y no se entera, se comen su comida y no protesta…. En fin, que es un manso. Entre risas, bajábamos por una larga escalinata, esculpida entre las rocas de un espigado acantilado, que conducía directa a la playa. Era la primera vez que llevábamos a Barney a una playa de piedras y estábamos intrigados por ver su reacción. Gustándole como le gustan las piedras, intuíamos que aquello iba a ser para él lo más parecido al Paraíso Terrenal.

Barney también andaba muy animado. Caminaba a buen paso, oliendo las flores y arbustos que había en nuestro camino. De vez en cuando, le daba el subidón y aceleraba la marcha y me tocaba corregirlo con la correa para que no se embalara. La noche era cerrada y muy oscura y me daba un poco de miedo que me hiciera tropezar en aquella pendiente tan escarpada en medio de ningún sitio.
De repente, pasó algo extraño. Aproximadamente a medio camino, Barney se detuvo en seco. No quería avanzar. Se encorvó en el suelo con el rabo entre las piernas y ahí se quedó, inmóvil en el acantilado en medio de la tenebrosa noche. Jamás lo había visto tan asustado. Yo le tiraba de la correa mientras lo animaba a seguir “¡Vamos guapo! ¡Vamos a buscar las piedras!” Pero mi pequeño no avanzaba. Parecía que estuviera clavado en el suelo. Sólo era capaz de recular tímidamente mientras gemía. Yo estaba desconcertada y, porque no decirlo, acojonada. “Tiene que haber oído una serpiente o algún bicho por ahí que le haya asustado” le dije a mi marido con desasosiego. Entonces él me miró perplejo y me dijo “Mira lo que hay justo ahí”

En ese momento, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Al borde de la escalera, había una roca pintada con alegres colores en la que, a la luz del móvil, se podía leer un epitafio. Sobre ella, y sostenido por una piedra, un ramo de flores en memoria de la joven que, según dictaba la esquela, había muerto en aquel mismo lugar.

Tal vez, aquello fuera sólo una casualidad. Probablemente lo que percibió Barney no fuera más que una culebrilla, como sospeché en un principio pero no os voy a mentir, aquella coincidencia me cagó viva.

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Hoy trataré un tema sobre el que llevaba varios días queriendo hablar pero que me he resistido a tocar hasta ahora un poco por pudor, un poco por mala conciencia: El día que compré a Barney.

Nunca olvidaré la primera vez que vi un Shar Pei. Se trataba de un macho color chocolate que, tranquilo, acompañaba a su amo mientras éste desayunaba en una cafetería. Quedé cautivada ante su porte atlético y su serena mirada. Me gustó tanto, que no pude resistirme a pedirle a su dueño que me dejara acariciarlo, cosa muy poco habitual en mi. Desde ese mismo momento supe que si alguna vez tenía un perro sería un Shar Pei y empecé a informarme sobre ellos. Cuantas más cosas descubría de esta raza más convencida estaba de que se trataba del compañero perfecto para mi. No obstante, pasaron varios años hasta que se dieron las circunstancias apropiadas para poder darle a un cachorro todas las atenciones que requiere.

Cuando a finales del año pasado, mi marido y yo nos decidimos definitivamente a adquirir un cachorro consultamos cientos de anuncios en Internet en los que se ofrecían camadas hasta dar con este:

SHARPEI machos en venta sharpei machos por 390, pueden venir a verlos personalmente,,,,,,,,,,,,,,,,, VALENCIA Publicado:21-12-2010 12:15:23.

(Sí, si el de la foto es Barney!)

Nos llamaron la atención dos cosas que nos llevaron a contactar con el anunciante: El precio (prácticamente la mitad de lo que habíamos visto hasta el momento) y la localización (todos los criaderos que conocíamos estaban muy lejos de nuestra ciudad). Les enviamos un correo pidiéndoles información sobre las garantías de los cachorros y nos contestaron lo siguiente (copio y pego)

hola las garantias son 15 dias viricas y 6 meses congenitas , microchip,vacunas,cartilla,desparasitados,factura de compra estoy en la provincia de castellon si quieres venir a verlos llamame al xxxxxxxxx.saludos.

Así que llamé y me indicaron que eran criadores especializados. La chica que me atendió me transmitió total confianza y me invitó a ver a los cachorros sin compromiso. Tras consultarlo con mi marido nos decidimos a visitarlos. Llamé a la chica otra vez quién me dio las señas exactas del criadero que, para mi sorpresa, resultó estar situado en un pueblo de Tarragona. Increíble, en el anuncio estaba en Valencia, en el correo en Castellón y en el mapa en Tarragona…

Llegó la fecha acordada y mi marido y yo subimos al coche con el dinero preparado, una camita para nuestro nuevo compañero y un montón de ilusiones. Cuando llegamos, nos desconcertó un poco la imagen del sitio. Me recordó a la granja donde mi abuelo tenía al ganado cuando yo era pequeña pero como no había visto ningún otro criadero hasta entonces, pensé que sería lo normal. Llamamos a la puerta y no nos abrió nadie. Sabíamos que había gente porque se escuchaba música y voces así que llamamos de nuevo a la chica por teléfono. Nos dijo que ella no había podido ir pero que su jefe estaba limpiando por ahí, que insistiéramos y seguro que nos abría. Insistimos, insistimos e insistimos pero ahí no abría nadie. Estábamos ya apunto de volvernos a Valencia con nuestro dinero, nuestra camita y nuestras ilusiones cuando quiso el azar que el tal jefe, saliera a la calle a mear justo enfrente de nosotros. Ante nuestra presencia, se guardó la pinga y nos saludó con efusividad.

El chico resultó ser un muchacho del este que a penas hablaba castellano. Nos invitó a pasar a una salita destartalada con un par de sofás y un ordenador y le pidió a un compañero en un idioma inteligible que nos mostrara a los cachorros. Al poco apareció el otro muchacho con Barney en una mano y otro hermoso Shar Pei, mucho más gordito y arrugado en la otra. Me deshice. Empecé a abasallar al jefe con las típicas preguntas que se hacen en estos casos pero a penas me entendía. Por un instante la mirada de mi marido y la mía se cruzaron y estuvimos apunto de salir huyendo. Aquel ambiente tan rancio no era para nada lo que habíamos imaginado y excepto aquellos dos adorables cachorritos que metieron con nosotros en aquella sala no vimos ningún otro perro en ningún momento. El chaval debió adivinar nuestras intenciones y se apresuró a posar a Barney en los brazos de mi marido. Su mirada espantada se llenó de ternura cuando comenzó a lamerle la cara. “Nos lo llevamos, qué carajo”

Le entregué al muchacho el dinero y a cambio me dio a mi cachorro, un pasaporte de la República Eslovaca (que se afanó en explicarme que era totalmente válido) dónde se indicaba que tenía todas las vacunas, el certificado del microchip, un albarán de compra y un par de raciones de pienso. Me informó de que en un par de días recibiría el resto de documentación por correo y nos despidió sin ni siquiera darle una caricia de despedida a Barney.

La documentación nunca llegó. Llamé varias veces a la chica reclamándosela hasta darlo por una guerra perdida. Busqué información a cerca del criadero en Internet y no encontré nada más que anuncios similares al que os he mostrado y un comentario en un foro de una muchacha que había tenido problemas con ellos.

>Cuando llevé a Barney al veterinario me hicieron hacerle un pasaporte español y no sólo eso, también tuve que cumplimentar un impreso específico para perros que vienen de países del este (casi 60€) y revacunarlo de la rabia. Desde luego lo que creí ahorrarme en un principio lo terminé pagando en trámites burocráticos.

>Aunque en un inicio quise hacer una compra responsable, no tardé en darme cuenta de que había contribuido a alimentar a una mafia que trafica con animales indefensos. Con esta entrada, lo único que pretendo es recomendaros que no cometáis el mismo error que cometí yo. Jamás volvería a comprar un cachorro en un sitio que no me transmitiera absoluta confianza.

No me siento nada orgullosa de haber adquirido a mi cachorro en esas circunstancias pero mentiría si dijese que no me reconforta verlo tan feliz en casa. Ahora, cuando le riño suelo decirle “Barney, o te portas bien o te llevo con los eslovacos”

 

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Algunos ya sabéis que Barney y yo vivimos en Valencia. Para quiénes no conozcáis esta ciudad os contaré que se trata de un municipio situado a orillas del Mediterráneo, lleno de contrastes y famoso en todo el mundo por su fiesta grande, Las Fallas, declarada de Interés Turístico Internacional. Esta festividad tiene una protagonista indiscutible: La pólvora. Durante los cuatro días que dura esta celebración el incesante estruendo de los petardos enmudece a cualquier otro sonido cotidiano. A las numerosas despertás, tracas y mascletás que organizan el Ayuntamiento y las diferentes comisiones falleras se suman los miles de cohetes que grandes y pequeños se afanan en explotar durante todo el día. Por muy bien que os lo quisiera explicar, si no se vive, no se entiende así que si os apetece saber más sobre esta ruidosa fiesta os invito a venir por aquí a partir del día 15 de marzo. Ahora, si venís no nos busquéis ni a Barney ni a mi porque pensamos salir despavoridos. Y es que aunque aún queden dos semanas para que las fallas queden oficialmente inaguradas el ambiente fallero ya se empieza a sentir y a Barney no parece entusiasmarle demasiado.
No le gusta nada eso de que a las 7 de la mañana le despierten a base de cohetes ni que interrumpan su plácida siesta con una sonora mascletá. Se levanta con un humor de perros. Erguido, se acerca a la ventana y ladra, ladra y ladra como nunca hasta ahora lo había visto hacerlo. De momento lo llevamos bien porque el estruendo se limita a momentos muy puntuales del día y basta con transmitirle tranquilidad y distraer su atención hacia otra cosa para que termine ignorando el ruido. Practicamos unos ejercicios de habilidad (ahora estamos aprendiendo a andar en zigzag), jugamos un poco a la pelota y se queda tan pancho.
No obstante, temo que en un par de semanas, cuando el bombardeo sea incesante, no sea tan fácil distraerlo por lo que me he estado informando a cerca de qué se puede hacer para evitar el estrés del cachorro. Sinceramente, me preocupa bastante este tema pues sé de varios perros que han sufrido infartos durante estas fechas. Casi todos los especialistas a los que he consultado coinciden en que, aunque se puede ayudar al perro a relajarse a base de infusiones como la tila, la melisa o la valeriana, de poco suele servir si no se sensibiliza antes al cachorro con estos fuertes ruidos. Recomiendan ponerle una grabación con el sonido de los petardos cuando hace algo agradable, por ejemplo cuando come, e ir subiendo el volumen gradualmente. Afortunadamente, como este proceso debe hacerse muy poco a poco, este año ya no nos da tiempo así que tenemos una excusa perfecta para irnos de escapadita al monte.